Por Arturo Cuitláhuac Pérez
Hay una paradoja que comienza a repetirse en América Latina y que merece ser observada con más profundidad. Durante décadas, los movimientos progresistas construyeron su fuerza política alrededor de las demandas más básicas de millones de personas: combatir la pobreza, reducir desigualdades y devolver derechos a sectores históricamente excluidos. Pero cuando esos avances empiezan a materializarse, surge un fenómeno inesperado: cambian las prioridades sociales y la derecha encuentra un nuevo terreno para avanzar.
México es un ejemplo interesante. Entre 2018 y 2024, la pobreza multidimensional pasó de 41.9% a 29.6% de la población. Más de 13 millones de personas dejaron esa condición, una de las reducciones más importantes de las últimas décadas. Algo parecido ocurre en Colombia, donde los indicadores oficiales muestran una reducción sostenida de la pobreza y una ampliación de oportunidades. Son datos que difícilmente pueden ignorarse.
Pero salir de la pobreza transforma también las aspiraciones. Quien ayer estaba preocupado por llevar comida a casa, hoy exige seguridad, servicios públicos de calidad, acceso a la salud, movilidad, empleo y estabilidad. Los problemas no desaparecen, y me atrevo a decirlo, las prioridades pueden cambiar.
Y es ahí donde aparece uno de los grandes desafíos políticos de nuestro tiempo.
La ciudadanía castiga con su voto con el hartazgo, pero la derecha no necesariamente avanza porque las condiciones materiales hayan empeorado o porque las transformaciones hayan fracasado. Tampoco porque las heridas que todavía duelen hayan sido creadas por los gobiernos actuales.
Transformar un país se parece más a poner orden en una casa que lleva años de abandono. No basta con acomodar los muebles; hay que reparar cimientos, sustituir instalaciones dañadas y corregir hábitos profundamente arraigados. Y mientras eso ocurre, la casa sigue mostrando grietas.
Sin embargo, la política contemporánea ya no se disputa únicamente en los resultados. Se disputa en la percepción.
Y ahí la derecha ha encontrado una enorme fortaleza y la estamos subestimando. No necesita negar completamente los avances, le basta con apropiarse de los problemas que todavía persisten y convertirlos en una narrativa permanente de crisis. La inseguridad, por ejemplo, no nació ayer, pero puede presentarse todos los días como una prueba irrefutable del fracaso presente. La infodemia, las redes sociales y la amplificación mediática construyen una sensación constante de deterioro, incluso cuando diversos indicadores muestran mejorías objetivas.
Colombia ofrece una advertencia interesante. A pesar de los avances sociales, la oposición ha logrado capitalizar el miedo, la incertidumbre y el desgaste, y sí, aunque aunque la elección es muy cerrada, millones votaron en contra de Iván Cepeda. Y fenómenos similares se observan en distintas partes del mundo.
Quizá la paradoja más profunda es que los propios éxitos de las políticas de bienestar producen una sociedad más exigente. Una sociedad que ya no vive solamente para sobrevivir, sino para aspirar a vivir mejor. Y en ese nuevo escenario, la disputa deja de ser entre pobreza y bienestar; se convierte en una batalla por las emociones, por la percepción y por la interpretación de los problemas pendientes.
Porque la derecha contemporánea ya no necesita defender abiertamente el viejo modelo que contribuyó a generar muchas de las desigualdades que hoy persisten. Le basta con administrar el malestar, apropiarse de las nuevas demandas y convencer a una sociedad transformada de que las heridas heredadas son responsabilidad exclusiva del presente, porque es claro que nada nuevo tienen para proponer un cambio.
Y acaso ahí reside la mayor paradoja de nuestro tiempo: los gobiernos progresistas pueden ser víctimas de sus propios éxitos. Porque las mismas políticas que permiten a millones salir de la pobreza crean ciudadanos con nuevas exigencias, nuevas aspiraciones y nuevos miedos. Y si esas transformaciones materiales no van acompañadas de una disputa cultural y narrativa capaz de explicar de dónde viene el país, qué se ha avanzado y por qué ciertos problemas requieren tiempo para resolverse, entonces la percepción puede terminar derrotando a la realidad.
La historia demuestra que no siempre triunfa quien transforma más. A veces triunfa quien consigue convencer a la sociedad de quién debe cargar con aquello que todavía duele.
Los pueblos no retroceden de un día para otro; retroceden cuando olvidan, cuando dejan que otros les expliquen su realidad y cuando el miedo termina pesando más que la memoria. Por eso, defender el progreso no significa defender personas o partidos, sino la convicción de que México merece seguir avanzando y no regresar a quienes tuvieron su oportunidad y dejaron crecer muchas de las heridas que hoy todavía duelen.
La tarea no es confrontar, sino explicar; no es imponer, sino convencer con hechos; no es dividir, sino compartir conciencia. Porque las mentiras se propagan en segundos, pero la verdad necesita ciudadanos críticos, solidarios y comprometidos. Y quizá la mayor responsabilidad de quienes hemos aprendido a cuestionar sea ésta: no guardar silencio, sino ayudar a otros a mirar más allá del ruido, para que el futuro de nuestro país no vuelva a decidirse por el olvido, sino por la memoria, la verdad y la esperanza.
Si queremos hacer frente a una derecha que ha aprendido a capitalizar los problemas pendientes, quizá sea momento de entender que no basta con repetir las consignas que nos trajeron hasta aquí. La tarea ahora debe ser hablar menos del gobierno y más de la vida cotidiana; menos de las obras y más de cómo éstas impactan la vida de las personas. Los mejores portavoces no siempre son los político, somos los que formamos este tejido social…quienes vivimos las transformaciones en nuestro día a día. Debemos sustituir al militante que repite consignas, por el ciudadano que explica, dialoga y convence con serenidad y evidencia. Ya no se trata únicamente de hablarle a quienes salieron de la pobreza, sino a quienes hoy aspiran a vivir mejor, exigen seguridad, calidad de vida, movilidad, tecnología y oportunidades.
Es indispensable construir comunidades de información capaces de responder a la desinformación con contexto, memoria y datos, pero sin soberbia. Menos nostalgia y más futuro, porque la gente ya no quiere solamente recordar de dónde venimos, sino saber hacia dónde vamos, comenzar a formar ciudadanos capaces de defender, con libertad y conciencia, la posibilidad de que México siga avanzando, allí, volveremos a derrotarlos. Es cuestión de enfoque y seguridad.








