Chile no giró a la derecha: la derecha avanzó porque la izquierda nunca gobernó

El falso diagnóstico “perdió la izquierda”

Por Celfia Itzel Duarte

Tras las últimas votaciones en Chile, buena parte de la izquierda latinoamericana reaccionó con alarma: “se pasó de un gobierno de izquierda a uno de ultraderecha”. El problema no es solo el miedo, sino el diagnóstico equivocado.
En Chile no perdió la izquierda, porque la izquierda en sentido histórico y político nunca gobernó. Lo que terminó fue un mandato socialdemócrata tibio, y lo que avanzó fue una derecha que supo capitalizar el desencanto.

La derecha no creció por mérito propio; creció porque ocupó el vacío que deja una socialdemocracia incapaz de transformar de fondo las condiciones materiales de vida.

LA SOCIALDEMOCRACIA NO ES IZQUIERDA

Autores comunistas lo han dicho desde hace más de un siglo, pero vale recordarlo hoy. V. I. Lenin fue claro al definir a la socialdemocracia degenerada como una corriente que:

  • Renuncia a la dictadura del proletariado
  • Sustituye la lucha de clases por la colaboración de clases
  • Confía en el Estado burgués como vía al socialismo
  • Termina integrada al orden capitalista

En pocas palabras: oportunista, reformista, revisionista, pequeño-burguesa y funcional al imperialismo.


Bajo esta definición, llamar “gobierno de izquierda” al mandato de Gabriel Boric no es un error menor: es una confusión política que desarma a los pueblos.

BORIC: DEL ESTALLIDO SOCIAL A LA MODERACIÓN PERMANENTE

Boric llega al poder tras el estallido social de 2019, montado sobre el hartazgo popular, las desigualdades estructurales y el fracaso del modelo neoliberal chileno. Su figura “líder estudiantil” (revolución de los pingüinos), discurso progresista, imagen cercana representó una expectativa legítima de cambio.

Pero con el paso del tiempo, el discurso se fue diluyendo:

  • Búsqueda constante de acuerdos con la derecha
  • Trato “tranquilo” con el empresariado
  • Moderación frente a las demandas estructurales
  • Distanciamiento discursivo incluso de gobiernos históricamente antagonizados por el imperialismo.

El resultado fue un gobierno sin ruptura, sin confrontación real con el poder económico, incapaz de cumplir las promesas que lo llevaron al poder. Y cuando la socialdemocracia no transforma, desmoraliza.

LA DERECHA SÍ ENTIENDE A SU ENEMIGO

A diferencia de la socialdemocracia, la derecha tiene algo claro: Todo lo que se acerque a la izquierda es su enemigo.

Después de dos derrotas consecutivas, la ultraderecha chilena cerró filas y logró colocar a José Antonio Kast en la presidencia, con 58.16% de los votos en segunda vuelta, frente al 41.84% de Jeannette Jara, candidata del Partido Comunista, según datos del SERVEL.

Lo más grave no es solo la victoria electoral, sino el blanqueamiento político:

  • Kast es pinochetista declarado
  • Hijo de un ex militante del partido nazi
  • Defensor ideológico de la dictadura, de la represión, de las desapariciones y asesinatos de opositores.

Nada de eso fue obstáculo. Cuando el sistema está en riesgo, la derecha no tiene pudor, tiene estrategia.

EL PÉNDULO LATINOAMERICANO NO ES CASUALIDAD

Lo que ocurre en Chile no es una excepción, es un patrón regional. Pasamos de la socialdemocracia a la ultraderecha una y otra vez:


Argentina, Ecuador, Paraguay, Bolivia y en su momento Brasil y el Uruguay.

No es mala suerte. Es el resultado de jugar bajo las reglas de una “democracia” diseñada por la burguesía, una democracia que tolera reformas menores, pero castiga cualquier intento real de transformación.

Cuando la izquierda administra el capitalismo, prepara el terreno para la reacción.

QUE LA IZQUIERDA NO SE PREOCUPE… PERO QUE SÍ SE OCUPE

Chile no demuestra que la izquierda esté acabada. Demuestra algo más incómodo:
que la izquierda real sigue sin atreverse a gobernar como izquierda.

No basta ganar elecciones con discursos progresistas.

No basta administrar el modelo con rostro humano.

No basta tener buenas intenciones en un sistema diseñado para derrotarlas.

Si la izquierda no rompe, la derecha avanza.

Si la izquierda no confronta, la ultraderecha gobierna.

Y si la izquierda sigue llamando “derrota” a lo que en realidad es una oportunidad de autocrítica, seguirá repitiendo el mismo ciclo.

La lección chilena no es de derrota. Es de urgencia política.

Porque esto no va solo de elecciones. Va de memoria. Va de los años de lucha, de los miles de muertos y desaparecidos que dejó la dictadura, de un pueblo que pagó con sangre el atrevimiento de soñar distinto. ¿De verdad vamos a aceptar que el pinochetismo regrese al poder como si nada hubiera pasado?

Salvador Allende no murió para que el neoliberalismo se administrara con modales, murió defendiendo la dignidad del pueblo y la posibilidad real de justicia social. Olvidar eso no es pragmatismo: es traición histórica.

La pregunta no es por qué ganó la derecha, sino qué hizo la izquierda con esa memoria. Porque cuando la izquierda olvida a sus muertos, la derecha gobierna sobre ellos.