“La unidad no significa pensar igual”: la madurez política que definirá el 2027

Por Arturo Cuitláhuac Pérez

La historia política de México ha dejado una constante que pocas veces se quiere reconocer: muchas campañas no se derrumban por debilidad del candidato, sino por los errores de quienes lo rodean. Equipos divididos, operadores enfrentados, soberbia política, desconexión con la realidad social o grupos internos disputándose el control, han terminado por desgastar proyectos que parecían competitivos e incluso inevitables.

Ahí están distintos ejemplos que dejaron lecciones importantes. Campañas donde la fractura interna terminó pesando más que la propuesta; donde los grupos locales cuidaron más sus intereses que la construcción colectiva; donde la narrativa pública se contaminó por errores estratégicos, excesos de confianza o guerras internas que terminaron proyectando desorden y ambición. En algunos casos, los candidatos cargaron con estructuras incapaces de conectar con la ciudadanía; en otros, el problema fue creer que la marca política por sí sola garantizaba permanencia.

Y justamente esa reflexión comienza a tener vigencia rumbo al 2027 en Michoacán.

La próxima elección no será menor: se disputarán la gubernatura, diputaciones locales y presidencias municipales. Morena llega con una posición dominante, pero también con algo que históricamente ha debilitado a muchos movimientos cuando llegan al poder: la disputa interna por el control político. Hoy es evidente que existen grupos con visiones distintas, liderazgos antagónicos y actores que, después de haber alcanzado espacios de poder en la pasada contienda, difícilmente querrán soltarlos o redistribuirlos.

Ese es el punto delicado de cualquier proyecto político cuando pasa de movimiento a estructura de gobierno: algunos comienzan a confundirse entre construir futuro o administrar cuotas. Y cuando eso ocurre, la oposición no necesita necesariamente fortalecerse por mérito propio; muchas veces le basta con observar, esperar y capitalizar el desgaste interno de quienes gobiernan.

La soberbia política suele generar una falsa sensación de invulnerabilidad. Se piensa que la fuerza electoral es permanente, que los territorios ya están asegurados o que las estructuras seguirán operando por inercia, bueno, algunos ya apuestan a ser candidatos desde el poder, y no al revés como se debe; ganándose la confianza desde abajo. Hoy ya está de moda que desde las cúpulas, es más fácil. Pero la historia demuestra lo contrario: ningún proyecto es inmune al desgaste cuando deja de escuchar, cuando cierra espacios o cuando convierte las diferencias internas en confrontación pública.

El verdadero reto rumbo al 2027 quizá no sea solamente ganar una elección, sino entender cómo mantener cohesionado un proyecto que hoy enfrenta tensiones naturales del poder. Porque cuando las disputas internas se vuelven más importantes que las causas que dieron origen al movimiento, el adversario comienza a construirse desde adentro.

La unidad no significa pensar igual ni desaparecer las diferencias; significa tener la madurez política para procesarlas antes de que terminen debilitando al proyecto completo. Morena tendrá que decidir si llega al 2027 como un movimiento capaz de reorganizarse y abrir espacios, o como una suma de grupos apostando al desgaste para ver quién sobrevive y quién queda fuera. Porque en política, muchas veces el poder no lo arrebata el adversario: se pierde desde dentro cuando se cree que ya no hay nada que cuidar.