La sotana contra el imperio

Por Celfia Duarte Casarez

Por años, la Iglesia católica fue señalada con razón histórica por sus silencios frente al poder. Pero algo se ha movido en sus cimientos. No es una revolución doctrinal, es una toma de postura ética ante un mundo en llamas.

Primero fue el Papa Francisco. Desde El Vaticano, incomodó al poder global con un mensaje persistente: los pobres en el centro, los migrantes como sujetos de dignidad, la guerra como fracaso moral. Sus críticas al muro, al odio racial y a la economía del descarte lo colocaron en la mira del nacionalismo encarnado por Donald Trump. No era un choque personal, era un choque de civilizaciones: la del mercado contra la de la humanidad.

Hoy, su sucesor, el Papa León XIV, no ha optado por la tibieza. Al contrario, ha elevado el tono. “No tengo miedo a Trump”, ha dicho, y no es una frase menor en tiempos donde el poder político exige obediencia o silencio. Ha denunciado la guerra como “delirio de poder” y ha insistido en que alguien debe alzar la voz cuando los gobiernos convierten la muerte en estrategia.

No es casual que desde Washington lleguen descalificaciones. Cuando el Papa habla de paz, el imperio escucha amenaza. Cuando defiende a los migrantes, los halcones ven debilidad. Pero en realidad lo que está en juego es otra cosa: la disputa por el sentido moral del mundo.

La coincidencia entre Francisco y León XIV no es menor. Ambos han trazado una línea clara frente al llamado “imperialismo trumpista o doctrina Donroe”: rechazo a la guerra, crítica al cierre de fronteras, denuncia de la desigualdad estructural. En un escenario internacional donde muchas instituciones callan o negocian, la Iglesia al menos desde su cúpula actual parece recuperar una voz incómoda.

No se trata de idealizar. La historia pesa y las contradicciones permanecen. Pero sería mezquino no reconocer que, en medio del ruido bélico y la normalización del odio, dos pontífices han decidido colocarse del lado de la vida.

Quizá no sea aún una redención completa. Pero sí es, al menos, una señal: incluso las instituciones más antiguas pueden recordar, de vez en cuando, para quién deberían estar hablando. Y hoy, contra la guerra y el poder desbordado, esa voz inesperadamente vuelve a ser humana.