Por Arturo Cuitláhuac Pérez
Hay algo que resulta profundamente paradójico en la política michoacana.
Mientras Morena gobierna el estado, posee una amplia presencia municipal, una mayoría importante en distintos espacios públicos y mantiene una posición competitiva rumbo a la siguiente elección, el debate que más ocupa a la militancia y a buena parte de las redes sociales ya no es cómo resolver los problemas de Michoacán, sino quién encabezará la candidatura. Y quizá ahí se encuentra el verdadero riesgo.
Las teorías de la ciencia política explican que cuando un partido alcanza una posición dominante, el principal conflicto deja de ser con la oposición y comienza a ser consigo mismo. La competencia ya no ocurre entre partidos; ocurre entre liderazgos.
Hoy pueden identificarse, de manera general, cuatro polos de influencia alrededor de perfiles como Raúl Morón, Carlos Torres Piña, Fabiola Alanís y Gladyz Butanda. Cada uno posee estructuras, simpatizantes, operadores territoriales, narrativas propias y fortalezas distintas. Eso forma parte de la vida democrática de cualquier movimiento grande.
El problema aparece cuando esas corrientes dejan de verse como expresiones de un mismo proyecto y empiezan a comportarse como proyectos independientes que compiten por el control del movimiento.
La teoría de las élites en competencia explica precisamente este fenómeno. No existe una sola élite política; existen varias que buscan conducir el mismo proyecto. Ninguna quiere desaparecer y todas consideran que representan la mejor opción para darle continuidad al proceso de transformación. Después aparece el dilema del reparto.
Desde fuera pareciera sencillo preguntarse: si existen alcaldías, diputaciones, espacios administrativos y responsabilidades suficientes, ¿por qué no ponerse de acuerdo?
Porque en política el valor de los cargos no es equivalente.
Una gubernatura no representa solamente un puesto. Representa el liderazgo político, la capacidad de definir la agenda pública, de construir un equipo propio y de convertirse en el referente del movimiento durante varios años. Ninguna otra posición tiene ese peso simbólico y estratégico. A ello se suma el problema del compromiso creíble.
Aunque existieran acuerdos privados sobre futuras responsabilidades, ningún actor tiene la certeza absoluta de que esos compromisos se cumplirán una vez que alguien concentre el poder. La historia política mexicana está llena de acuerdos incumplidos. Esa incertidumbre hace que competir parezca más seguro que confiar.
Las redes sociales agravan todavía más el fenómeno.
Cada equipo vive dentro de su propio ecosistema digital. Cada uno observa encuestas que lo favorecen, contenidos que confirman su narrativa y simpatizantes que refuerzan la percepción de que su aspirante “ya ganó”. La investigación sobre redes sociales muestra que estos entornos pueden generar una “ilusión de mayoría”, donde un grupo percibe que su posición es mucho más dominante de lo que realmente es.
Por eso resulta frecuente encontrar mediciones públicas que colocan en primer lugar a distintos aspirantes dependiendo de la metodología empleada, el momento del levantamiento o incluso la empresa que las realiza. Más que una verdad definitiva, esto refleja una competencia todavía abierta.
Sin embargo, existe una reflexión que debería preocupar más que cualquier encuesta.
¿En qué momento un movimiento cuya principal fortaleza fue la organización popular comenzó a invertir más tiempo en administrar sus diferencias internas que en fortalecer su proyecto colectivo?
La ciudadanía difícilmente distingue entre grupos internos. Para la mayoría de las personas simplemente existe Morena. Cuando los liderazgos se confrontan públicamente, quien se desgasta no es únicamente un aspirante: es la imagen del movimiento completo.
Competir no debería ser el problema.
El problema aparece cuando la competencia consume la energía que debería destinarse a gobernar, escuchar a la sociedad y construir soluciones.
Las encuestas pasarán. Las candidaturas también.
Lo que permanecerá será la percepción ciudadana sobre la capacidad de un movimiento para demostrar que puede ejercer el poder con la misma eficacia con la que lo conquistó.
Quizá la verdadera prueba de madurez política no sea ganar otra elección.
Sea quien sea la persona que resulte favorecida, el reto será demostrar que el movimiento es más grande que cualquiera de sus liderazgos y que la conciliación puede convertirse en una fortaleza, no en una concesión.
Porque cuando la disputa interna ocupa más espacio que las necesidades de la sociedad, el riesgo no es solamente dividir a un partido. El riesgo es olvidar por qué la ciudadanía decidió confiar en él desde el principio. Porque hay que tener cuidado y recordar; el pueblo pone y el pueblo quita.
La derecha está avanzando con su retórica bien segmentada y administrada en discursos repetitivos, y emocionalmente direccionados.
Morena llegó al poder gracias a una fortaleza que ningún cargo ni estructura puede sustituir: la organización ciudadana. Esa capacidad de anteponer el proyecto colectivo a las aspiraciones individuales fue la que transformó un movimiento social en una fuerza de gobierno. Por eso, el mayor riesgo hoy no es la competencia interna, sino olvidar el origen. Cada día invertido en disputas, cada recurso destinado a confrontaciones y cada desgaste entre compañeros es tiempo, confianza y energía que dejan de ponerse al servicio de la ciudadanía. La verdadera madurez política no estará en quién gane una candidatura, sino en demostrar que la unidad sigue siendo más grande que cualquier liderazgo. Porque los movimientos históricos no se sostienen por el poder que acumulan, sino por la capacidad de organizarse sin perder el propósito que los hizo nacer.
Ya sé, aquí me dirán como a Bibi Peluche; ¿Por qué no eres un niño normal?








