“Ama Michoacán”: nueve años de discurso, nueve años de abandono

Por Isabel Rodríguez

El eslogan “Ama Michoacán” terminó por convertirse en una frase vacía frente a la realidad que viven miles de ciudadanas y ciudadanos. Después de nueve años, las inundaciones, los baches y el deterioro de la infraestructura siguen marcando el día a día de la capital michoacana.

 En Morelia las lluvias no son el problema; el problema es la falta de planeación y de soluciones que ha permitido que cada temporada se repita la misma historia: calles convertidas en ríos, viviendas anegadas, familias que pierden su patrimonio y autoridades que ofrecen explicaciones que la ciudadanía ya no cree. Lo que debería ser una contingencia excepcional se transformó en una constante, demostrando que el verdadero abandono no lo provoca la naturaleza, sino la incapacidad de quienes tuvieron casi una década para resolver los problemas de la ciudad.

Lo que hoy ocurre en Hacienda Tiníjaro es inadmisible. Sus habitantes llevan cuatro días entre aguas estancadas, soportando condiciones insalubres y manteniendo un bloqueo porque, después de años de exigir atención, el abandono institucional terminó por rebasarlos. Cuando la ciudadanía tiene que cerrar calles para que el gobierno la escuche, queda claro que la política dejó de servir a la gente.

No basta con culpar a las lluvias. Las precipitaciones son inevitables; la negligencia No. Las inundaciones recurrentes son el resultado de decisiones equivocadas, de obras que nunca llegaron y de una administración municipal que permitió que un problema conocido creciera hasta convertirse en una crisis permanente.

No es un fenómeno extraordinario, es la consecuencia de la falta de planeación, de inversión en infraestructura hidráulica y de una visión de ciudad que privilegió la imagen por encima de las obras que realmente necesita la población. Morelia no necesita más recorridos entre charcos ni conferencias de prensa después de cada tormenta. Necesita gobiernos que prevengan, planeen y resuelvan. Porque después de nueve años, ya no hay espacio para las excusas, cuando un problema se repite una y otra vez, deja de ser un desastre natural y se convierte en el saldo de un fracaso de gobierno.