De los montajes al algoritmo: la guerra híbrida por el control de la conciencia pública

Por Arturo Cuitláhuac Pérez

Hubo un tiempo en que la verdad se fabricaba desde estudios de televisión. El montaje transmitido en 2005 por Loret, no fue un simple error periodístico; evidenció cómo la narrativa podía construirse desde el poder y difundirse sin contrapesos reales. En aquel momento, la estrategia de seguridad estaba bajo la conducción de García Luna, asesor y operador de Fox, Calderón y Peña Nieto, hoy condenado en Estados Unidos por vínculos con el narcotráfico.

Durante los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, la narrativa oficial hablaba de “objetivos prioritarios” mientras el país se fragmentaba en violencia. La televisión encuadraba la realidad; el ciudadano la consumía sin posibilidad inmediata de contraste, hoy todos opinamos y llegamos a conjeturas muy personales, muchas veces de forma.

Ya no se trata sólo de lo que aparece en pantalla, sino de lo que circula en el algoritmo. Estamos frente a una forma de guerra híbrida, donde la desinformación es proyectil y la inteligencia artificial es multiplicador de impacto.

La IA permite fabricar audios falsos, alterar videos, crear imágenes manipuladas y viralizar tendencias en minutos. Antes el montaje era televisivo; hoy puede ser un deepfake (manipulación de la imagen con IA, algo falso pues) que alcanza millones de reproducciones antes de ser desmentido. La manipulación dejó de ser centralizada: ahora es descentralizada, segmentada y emocionalmente dirigida

Y en ese escenario, cada operativo contra estructuras criminales se convierte también en batalla narrativa.
Aquí nace el oportunismo como arma política para los buitres
En medio de operativos contra estructuras criminales, hay quienes no buscan estabilidad sino rentabilidad política. Declaraciones como las de Téllez, insinuando sumisión a presiones extranjeras, o las del Alito Moreno , instalando la narrativa de colapso institucional, no son críticas técnicas: son detonadores emocionales, hablar por hablar, generando odio, y desinformar como nuestro flamante JJ en Morelia. En plena crisis, convertir la seguridad en munición discursiva es parte de una estrategia de confrontación permanente. El miedo se viraliza, el algoritmo amplifica y la polarización se profundiza. Eso no combate al crimen organizado; fragmenta a la sociedad. Y en la guerra híbrida actual, dividir al país también es una forma de debilitarlo.

En comunicación política contemporánea no se busca convencer a todos, sino activar emocionalmente a segmentos específicos. La inteligencia artificial permite microdirigir mensajes diseñados para provocar ira, miedo o indignación inmediata. Y el enojo reduce el pensamiento crítico.

El crimen organizado intimida con fuego.

La manipulación política intimida con miedo amplificado.

Ambas generan inestabilidad.

Frente a la guerra cognitiva, la primera defensa es la conciencia crítica.

No compartir contenido sin fuente verificable.
Desconfiar de audios o videos “filtrados” que aparecen en momentos estratégicos.
Preguntarse quién gana políticamente con el mensaje.
Evitar reaccionar desde la ira inmediata.
Contrastar versiones antes de adoptar una postura definitiva.

En tiempos donde la inteligencia artificial puede fabricar realidades alternas, pensar antes de compartir se convierte en un acto de responsabilidad democrática.

México enfrenta desafíos reales en seguridad. Pero permitir que la desinformación incendie la conversación pública sólo beneficia a quienes lucran con el caos.

En la guerra híbrida contemporánea, el primer territorio que se pierde es la verdad.

Y la primera defensa es la lucidez colectiva