Por Celfia Duarte Casarez
El derecho a decidir su destino
La Revolución Cubana no es un mito romántico ni una postal congelada en 1959: es un proceso histórico nacido de la dignidad. Cuba vivía bajo la dictadura de Fulgencio Batista, un régimen sostenido por intereses económicos extranjeros, corrupción estructural y represión. El pueblo cubano no se levantó por capricho ideológico: se levantó por hambre de justicia.
El triunfo revolucionario encabezado por Fidel Castro, junto con el impulso histórico de figuras como Ernesto “Che” Guevara y miles de combatientes anónimos, fue la ruptura de un país que se negaba a seguir siendo patio trasero. Fue una decisión colectiva: dejar de ser propiedad y convertirse en nación.
Ser revolucionario, en su sentido más profundo, no es portar armas: es atreverse a transformar la historia, romper cadenas y sostener con convicción que la libertad no se pide, se ejerce.
De las Vegas del Caribe a un proyecto soberano
Cuba, antes de 1959, “pintaba” para ser un paraíso turístico del capital: un lugar diseñado para el placer ajeno, como si su destino natural fuera convertirse en una especie de Hawái privatizado o Las Vegas tropical, mientras su pueblo quedaba relegado a la pobreza, la desigualdad y la explotación.
Pero Cuba eligió otro camino: la soberanía.
El cambio de régimen no fue solo político, fue cultural y social: apostar por un Estado donde el centro no fuera el dinero, sino la vida. En lugar de casinos, Cuba impulsó alfabetización; en lugar de privilegios para unos cuantos, priorizó el derecho colectivo a la educación y la salud. La revolución entendió algo elemental: un pueblo educado y sano no se somete fácilmente.
Y eso es precisamente lo que más le duele al imperialismo: que Cuba no solo resistió, sino que construyó un modelo donde la dignidad no depende del mercado.
Cuba no exporta bombas, exporta humanidad
Mientras los grandes imperios exportan guerras, Cuba exporta médicos. Ese hecho, por sí solo, define qué significa ser revolucionario en el siglo XXI.
Cuba ha sostenido una política internacionalista real: apoyo a pueblos en África, América Latina y el Caribe; acompañamiento humanitario en emergencias; brigadas médicas en lugares donde nadie quiere ir porque no es rentable. Lo vimos en la pandemia cuando médicos cubanos llegaron incluso a Italia durante el COVID-19, lo hemos visto en terremotos, huracanes, crisis sanitarias.
Cuba ha estado donde el mundo se rompe. Y lo ha hecho sin condiciones coloniales, sin chantajes, sin convertir la tragedia en negocio.
Por eso, frente al bloqueo económico criminal impuesto por Estados Unidos durante más de seis décadas, no podemos ser neutrales. La neutralidad ante la injusticia siempre favorece al opresor.
México y Cuba: Solidaridad como principio
Como pueblo mexicano, tenemos memoria. México sabe lo que significa la intervención extranjera, la desigualdad impuesta y la lucha por la soberanía. Por eso hoy, cuando la presidenta Dra. Claudia Sheinbaum plantea una postura solidaria con Cuba, no se trata de diplomacia: se trata de coherencia histórica.
Cuba no pide caridad: exige respeto. Y nosotros no damos limosna: damos solidaridad entre pueblos libres.
Si Cuba ha compartido lo que tiene sus médicos, su ciencia, su humanidad, México debe compartir lo que puede. Y hoy, frente al bloqueo, una de las urgencias materiales más claras es el petróleo, por eso desde aquí pedimos al gobierno federal -se siga vendiendo petróleo a Cuba- la energía es la que sostiene la vida cotidiana de un país asediado.
Apoyar a Cuba es apoyar el derecho de los pueblos a existir sin permiso del imperio. Es afirmar que la revolución no es nostalgia: es presente. Y que la solidaridad no es discurso: es acción.
Porque Cuba no se rinde.
Y los pueblos dignos, tampoco.
¡Viva Cuba!








