Por Arturo Cuitláhuac Pérez
La historia demuestra que cuando la ignorancia se convierte en discurso político, se transforma en maldad organizada: en mentiras que justifican la violencia, la intervención y el saqueo. Esa misma ignorancia se exhibe cuando se compara a México con Venezuela y se repite, sin análisis alguno, que “seremos como ellos” dice el clero moreliano. México y Venezuela no son equiparables: tienen realidades demográficas, económicas, institucionales y geopolíticas profundamente distintas.
En la época de los dictadores, México fue débil durante los gobiernos del PRI y el PAN (estos que insisten en ver a nuestro pueblo vulnerable lamiéndose los bigotes) porque el Estado estuvo subordinado a intereses externos y a élites económicas, sin un proyecto nacional claro ni cohesión política, lo que fragmentó el poder y redujo la capacidad de decisión soberana. Hoy, con legitimidad democrática, estabilidad económica y un proyecto definido encabezado por Claudia Sheinbaum, el gobierno es más fuerte, tiene mayor respaldo popular y ejerce autoridad con autonomía y visión de Estado, le duela a quien le duela en su plena ignorancia, porque intento entender que “todos somos ignorantes, solo que no todos ignoramos las mismas cosas” pero sobrepasa la sinrazón y la carencia del sentido común, que parece es el menos común de sus sentidos.
Somos una de las economías más grandes del mundo, con una población, estructura productiva, integración regional y posición estratégica en Norteamérica que lo colocan en un contexto completamente diferente. Reducir el debate a comparaciones simplistas no es advertencia política, es desconocimiento básico y manipulación deliberada. La derecha ha hecho de esa ignorancia su herramienta favorita para sembrar miedo y justificar agendas ajenas.
Defender la soberanía y la autodeterminación (en Venezuela y en cualquier nación latinoamericana) no es defender gobiernos ni caudillos. Tampoco defiendo a ningún político que se perpetúa en el poder en contextos donde el control del Estado se vuelve factor de presión e influencia electoral para ser reelegido. Pero tampoco acepto que, bajo el pretexto de “libertad” o “orden”, potencias extranjeras decidan el destino de nuestros pueblos. La verdadera democracia no nace de bombardeos, bloqueos ni mentiras; nace de la conciencia popular, de la memoria histórica y del derecho irrenunciable de los pueblos a decidir su propio camino. La autodeterminación no es negociable.








