Por Celfia Itzel Duarte Casarez
La violencia no cayó del cielo.
Fue sembrada. Cultivada. Normalizada.
Y mientras algunos insisten en combatirla solo con balas, cárceles o discursos punitivos, seguimos evitando una verdad incómoda: la violencia también se reproduce y se combate en el terreno de la cultura.
Como advirtió Marx, no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. En México y con especial crudeza en Michoacán la vida cotidiana fue moldeada durante décadas por un modelo neoliberal que desmanteló lo público, precarizó la existencia y convirtió la desigualdad en norma. La violencia no es una anomalía del sistema: es uno de sus productos más eficientes.
NEOLIBERALISMO, ABANDONO Y PEDAGOGÍA DE LA VIOLENCIA
Desde los años ochenta, el neoliberalismo no solo privatizó empresas y derechos: privatizó la esperanza. Cerró bibliotecas, abandonó escuelas, redujo el acceso a la cultura y dejó a comunidades enteras expuestas a una pedagogía brutal: la del dinero fácil, el consumo sin sentido y la violencia como destino.
Cuando el Estado se retira de la educación y la cultura, alguien ocupa ese espacio. Y en muchos territorios fue la narcocultura la que enseñó a nombrar el mundo. No es casualidad: donde no hay libros, proliferan las armas; ambas cosas disputan el imaginario de las infancias y juventudes.
LOS DATOS TAMBIÉN CUENTAN UNA HISTORIA
Según el INEGI, en 2023 las y los mexicanos leyeron en promedio 3.4 libros al año. El MOLEC señala que el tiempo destinado a la lectura es de 41 minutos diarios, es decir, 4.7 horas semanales.
Comparado con los datos que presenta World Atlas; en la India se lee 10.7 horas semanales, Tailandia con 9.4, China y Filipinas con 7.6 el dato no busca competir, sino subrayar una urgencia política y cultural: menos lectura implica menos herramientas críticas para comprender y transformar la realidad.
DEMOCRATIZAR LA CULTURA: UNA DECISIÓN POLÍTICA Y COMUNITARIA
Frente a este escenario, el Plan Michoacán por la Paz y la Justicia coloca una apuesta clara y profundamente política: democratizar la lectura y la cultura. No como adorno institucional ni como política de corto plazo, sino como una estrategia de transformación social sostenida desde abajo.
Dentro del eje Michoacán se lee, se han regalado más de 400 mil libros en todo el estado, llevando la palabra escrita a comunidades donde durante años el acceso a la lectura fue un privilegio y no un derecho. A ello se suma una red viva y profundamente humana: más de 120 salas de lectura funcionan hoy en Michoacán, sostenidas por el trabajo voluntario de personas que creen, contra todo cinismo, que este estado merece una vida en paz.
No se trata de estadísticas frías. Son maestras, promotores culturales, madres, estudiantes y vecinos que abren espacios de lectura por convicción, no por salario. Gente que ama este territorio y que entiende que la paz también se construye leyendo en comunidad.
LEER COMO ACTO DE REBELDÍA COLECTIVA
Fomentar la lectura hoy no es un acto romántico ni ingenuo: es un acto de rebeldía cultural. Leer es abrir grietas en el sentido común violento. Es enseñar que el mundo puede pensarse de otra manera. Es ofrecer herramientas para imaginar alternativas cuando la violencia intenta convencernos de que no las hay.
Por eso, hablar de lectura es hablar de poder. De quién narra. De quién explica la realidad. Y de quién se atreve a disputarla.
LA FERIA INTERCULTURAL DEL LIBRO DE TACÁMBARO UN OASIS EN EL DESIERTO DE LA VIOLENCIA
En este contexto, la Feria Intercultural del Libro de Tacámbaro no es un evento más: es uno de los proyectos de fomento a la lectura más sólidos y coherentes que existen hoy en Michoacán. Diez años de trabajo constante, comunitario y sostenido en un estado atravesado por la violencia no son casualidad: son organización y resistencia cultural.
Este 15 y 16 de diciembre, Tacámbaro se consolida como una de las sedes más importantes del fomento a la lectura en Michoacán, articulando el eje más claro que hoy tiene el estado para disputar el imaginario violento desde la palabra. Lo que la hace grande no es su presupuesto ni su espectacularidad, sino su origen: nace de la ciudadanía, de la convicción colectiva de que la cultura salva, acompaña y transforma.
En un país donde muchos proyectos culturales se imponen desde arriba, esta feria demuestra que cuando la comunidad se apropia de la palabra, la violencia retrocede.
LA PALABRA FRENTE A LA BALA
La cultura violenta no se desmonta solo con fuerza; se desarma con sentido, con memoria y con imaginación colectiva. Donde hay libros, hay preguntas. Donde hay preguntas, hay futuro.
Apostar por la lectura es apostar por la paz con justicia. Es sembrar dignidad donde antes solo hubo sobrevivencia. Es recordar que la cultura no es un lujo, sino un derecho y una necesidad urgente.
En tiempos de barbarie, leer no es huir de la realidad: es enfrentarse a ella con más herramientas.
Y hoy, en Michoacán, la palabra vuelve a ser trinchera.








