Michoacán rumbo a 2027: entre la unidad, la memoria y la tentación del poder

 
Por Arturo Cuitlahuac Pérez Esquivel.


 
Michoacán vive un reacomodo político profundo. A poco más de un mes del homicidio de Carlos Manzo, la tragedia no solo conmovió a la sociedad, sino que redefinió el tablero electoral y los equilibrios dentro del propio Morena. Desde entonces, la política estatal se debate entre la necesidad de consolidar la paz, mantener la unidad del movimiento y resistir la tentación (siempre presente) de quienes ven en el poder una oportunidad y no un compromiso.


El tablero político para la gobernatura del 2027, y tras la crisis y bajo un esquema de encuestas, mantienen a Morena como la fuerza número uno en el estado, con perfiles que ya han levantado la mano, como la actual diputada local Fabiola Alanís, la Senadora Celeste Ascencio, la funcionaria Gladys Butanda, y el Senador Raúl Morón, perfiles con trayectorias amplias, que aunque no todas o todos son emanados de los inicios del movimiento morenistas, si de una trayectoria política de lucha en la reconstrucción política desde la bandera izquierdista en Michoacán, y surgen hoy como los contendientes con deseo de gobernar nuestro Estado.


Sin embargo, el asesinato de Carlos Manzo dio visibilidad a una nueva figura: Grecia Quiroz, su viuda, convertida en símbolo de dignidad y reclamo de justicia. Su irrupción abrió un debate que trasciende lo electoral: ¿puede Morena respaldar una figura externa si encarna los valores que el movimiento dice defender? ¿Y qué pasaría con las estructuras internas si eso ocurriera?


Grecia representa el duelo hecho política; Fabiola, la institucionalidad con causa y convencida que “es tiempo de mujeres”; Morón, la continuidad del esfuerzo izquierdista, Celeste Ascencio un relevo generacional y fundadora de Morena, Gladys Butanda institucionalista y aliada a la cuarta transformación.  Los cuatro  rostros encarnan tensiones distintas dentro del mismo proyecto, pero aunque el nacional lo niegue, sí de distintos bloques, o como diríamos coloquialmente; de distintas tribus.
Morena en Michoacán no es un bloque homogéneo.


Esa diversidad es riqueza si hay conducción política, pero fragilidad si se convierte en disputa pública. Por eso, el reto del movimiento no es solo ganar elecciones, sino mantener el sentido colectivo de la transformación sin que el poder lo corrompa desde dentro.
Pero no todo es estructuras o trascendencias políticas,  el homicidio de Carlos Manzo fue un golpe directo al corazón del proyecto humanista. Su viuda, Grecia Quiroz, emergió con voz propia y se convirtió en símbolo de reclamo de justicia.


Su presencia alteró los cálculos tradicionales: representa al ciudadano que exige seguridad, siendo el más alto porcentaje en percepción ciudadana, y no ideología, o incluso, sin que se vea como prioridad un proyecto de logros o políticas publicas.


La posibilidad de que ella aspire a la gubernatura (con o sin respaldo directo del partido) pondría a prueba la madurez política de Morena Michoacán. Si el movimiento logra integrar su figura en lugar de confrontarla, se demostrará que la transformación es más grande que cualquier grupo o apellido. Si no, el riesgo es que el dolor se convierta en capital político, y el capital, en fractura.


 
El Plan Michoacán y la percepción del voto.

Tras el crimen, el gobierno federal y estatal lanzaron el Plan Michoacán por la Paz y la Justicia. Su objetivo: atender la violencia no solo con fuerza, sino con desarrollo, educación y cultura.


En términos de percepción, el plan ha beneficiado parcialmente a Morena, mostrando un gobierno activo y con voluntad de respuesta. Pero también ha elevado las expectativas: los ciudadanos esperan resultados tangibles, no comunicados.


Si el plan logra reducir los focos de violencia y generar estabilidad, Morena consolidará su hegemonía. Si no, la inseguridad puede convertirse en el principal argumento opositor.


El reto está en transformar el discurso en resultados verificables, comunicar con transparencia y vincular cada logro con el bienestar comunitario.


La militancia: entre la lealtad y la autocrítica.

La militancia morenista enfrenta hoy un examen moral.
Debe sostener la unidad, pero sin complicidad con los errores. No se trata de callar ante los fallos de funcionarios, sino de poner al movimiento por encima de los nombres.


Cuando algunos han confundido la transformación con el privilegio, la respuesta no debe ser el silencio, sino la coherencia.
Debe cuidar el movimiento como un patrimonio colectivo, no como una franquicia, como lo hemos visto con actores políticos que si se han beneficiado del chapulineo.


 
Una advertencia necesaria

 
Morena sigue siendo la principal fuerza política del estado, pero la historia enseña que los movimientos populares se erosionan no por sus enemigos, sino por sus excesos internos.


Hay funcionarios y actores que han usado el nombre del movimiento para su beneficio, sin convicción ni ética. Mantenerlos al margen no es un acto de castigo: es un acto de defensa política.


Porque el pueblo distingue. Y no perdona cuando el discurso se vacía de verdad.


El rumbo hacia 2027 definirá si Morena logra sostener su promesa de transformación o si repite los errores de los gobiernos que alguna vez combatió. Hasta hoy Michoacán ha dado un giro drástico pero necesario para sacudirse se los abusos de gobiernos anteriores, pero aún no termina, y los michoacanos exigen resultados, y estos resultados se sepan replicar.


La historia no perdona la incongruencia: el movimiento nació para cambiar al sistema, no para adaptarse a él.
La autocrítica no debilita al movimiento; lo purifica, porque quien teme a la crítica, teme al pueblo.
Morena, si quiere seguir siendo esperanza, debe volver siempre al origen: servir sin servirse.