Por Arturo Cuitláhuac Pérez
En México, la historia política parece moverse como un péndulo que oscila entre el desencanto y la esperanza. Desde hace más de tres décadas, los medios tradicionalistas y digitales (antes la televisión,medios impresos y hoy las redes sociales) han tenido la capacidad de acelerar ese movimiento, amplificando emociones colectivas que, una y otra vez, definen elecciones, crisis o estallidos sociales.
Durante los años noventa, el país vivía bajo el dominio del duopolio televisivo. Eran tiempos donde la narrativa del “orden y la estabilidad” justificaba los excesos del poder, “la historia era de quien la escribiría”. La sociedad, con pocas fuentes alternas de información, confiaba en la voz del presentador como en una autoridad moral. A cambio, se le ofrecía una sensación de control que ocultaba devaluaciones, corrupción y represión, desaparecidos políticos y una prensa violentada. A finales de esa década, el desencanto derivó en la apertura política del 2000: un relevo que no significó ruptura, sino reacomodo del relato, pero comenzaba a germinarse una alternativa intelectual, sin influencia mediática, con respaldo ideológico y de hechos, pacífica y totalmente ciudadana, en esa, es donde orgullosamente me toca aprender, y nunca me imaginé, que ese régimen de homicidas, secuestradores, violentadores y corruptos, hoy promuevan marchas en contra de lo mismo que generaron, dirán eso fue en el pasado, si, pero son los mismos que la crearon y hoy siguen fomentando una violencia, que parece rima con su apellido.
Tres décadas después, en la publicidad es el mismo guion, aunque los dispositivos han cambiado. La televisión perdió centralidad, viendo como ejemplo a un triste Javier Alatorre, pero el algoritmo tomó su lugar. Lo que antes dictaba un noticiero, hoy lo decide un sistema que premia la emoción sobre el dato. Los “seudolíderes de opinión” se multiplicaron: ya no son comentaristas de traje y corbata, sino cuentas anónimas, influencers o microvideos que aparentan espontaneidad, ahora más con la Inteligencia Artificial. Sin embargo, la estructura del mensaje sigue siendo la misma: simplificar el conflicto, amplificar el miedo y ofrecer un culpable inmediato, si es verdad que afortunadamente ahora, ya no se reprime al que opina diferente, pero pareciera que la libre expresión se contaminó de la agresión y la difamación, una violencia pasiva y agresiva, pero legal.
Las generaciones también mudaron, y con ellas, la forma de ser vulneradas. Los boomers crecieron en la era del experto televisivo; los X, entre devaluaciones y cinismo político; los millennials, entre la desconfianza digital y el agotamiento informativo; y la generación Z, que navega entre la velocidad del meme y la ansiedad de la posverdad. Pero todos comparten una constante: cuando el país entra en crisis, los sesgos cognitivos superan al pensamiento crítico.
Las estrategias mediáticas, aunque con nuevos rostros, reciclan viejos patrones: videos fuera de contexto, cifras sin metodología, indignaciones fugaces y falsas pruebas sociales que aparentan consenso. Hoy la manipulación no se transmite en horario estelar: se viraliza a cualquier hora.
Y así, México vuelve al punto de partida. Un sector que durante años toleró la violencia, hoy exige justicia cuando el agravio toca su esfera social (la media). Lo mismo ocurrió cuando las crisis económicas golpearon el bolsillo de la clase media y reconfiguraron el voto, porque los movimientos sociales que han tenido efecto, son esta clase social, la clase baja solo es tomada en cuanta para sumarse, y la clase alta poco o nada le interesa. El péndulo se mueve otra vez: no porque cambien las causas, sino porque se reactiva la emoción colectiva.
Salir de ese ciclo no depende sólo del gobierno o los medios. Depende de construir una cultura de verificación, de transparencia y de participación informada. No se trata de callar la crítica, sino de transformarla en análisis, de cambiar la rabia por exigencia razonada, y la desinformación por evidencia verificable.
Porque si algo enseña la historia reciente, es que los aparatos mediáticos cambian, pero las emociones que vulneran siguen siendo las mismas. La tarea de esta generación (quizá la más consciente de la manipulación, pero no absuelto) será romper el péndulo y construir, al fin, un espacio público donde la verdad no sea tendencia, sino costumbre.








