Por Gonzalo Ayala
El asesinato del presidente municipal de Uruapan Carlos Manzo, no solo revela la crisis de
seguridad que vive México: desnuda un fenómeno que casi nunca se aborda con la seriedad con
la que se debería estudiar, dado que, desde mi punto de vista, es la verdadera e inicial causa de
este pernicioso fenómeno: el vínculo estructural entre economía y crimen organizado.
El crimen organizado es el producto más acabado del sistema económico capitalista en el que
vivimos. Es el reflejo de un modelo que premia la acumulación ilimitada, la competencia sin
ética y la desregulación como exigencia libertaria.
El capitalismo global funciona con una lógica preponderante: todo puede convertirse en
mercancía. En ese contexto, las organizaciones criminales, lejos de subvertir las reglas del
sistema, las imitan con eficiencia empresarial. Crean redes internacionales, diversifican
inversiones, innovan tecnológicamente y controlan territorios. Así, el crimen organizado no está
contra el sistema; lo perfecciona desde dentro y desde afuera.
El dinero procedente del narcotráfico, la trata de personas y la corrupción, se integra a la
economía formal mediante bancos, inversiones y paraísos fiscales. En los momentos más críticos
de la economía mundial, ese capital ha servido para mantener la liquidez del sistema financiero.
Paradójicamente, los recursos ilícitos sostienen la estabilidad de este nocivo sistema económico,
que además, hasta la misma sociedad defiende.
El asesinato de Carlos Manzo simboliza esta relación perversa. Había denunciado las amenazas y
la expansión del crimen organizado en la región, control de la producción de aguacate y limón,
tala ilegal, minería y cobro de “piso” a los comerciantes locales. El alcalde representaba una
resistencia honesta y valiente, aunque frágil frente a ese sistema informal pero poderoso. Su
asesinato no fue un acto aislado de violencia, sino un mensaje para quien denuncia la economía
criminal y desafía el orden vigente.
Ahora los poderes fácticos que mezclan violencia, dinero y control territorial no buscan derrocar
al Estado, sino ocuparlo; no pretenden destruir el mercado, sino dominarlo.
El crimen organizado no es ajeno al sistema, es parte de su estructura. El asesinato de Carlos
Manzo no representa el fracaso del Estado, es el éxito de un modelo que ha aprendido a convivir
con el crimen.
¿Es culpable el gobierno? ¿Es culpable el Estado? Desde mi punto de vista no. Mientras la
acumulación de riqueza siga siendo el motor central y la desigualdad una consecuencia aceptada,
el crimen organizado seguirá ocupando su lugar en el engranaje económico capitalista. Y, en esa
maquinaria mercantilista, las muertes como la de Carlos Manzo no serán excepciones, sino
advertencias. El sistema no está roto, funciona exactamente como fue diseñado.
Mis más sinceras condolencias para la familia de Carlos Manzo.








