Por Arturo Cuitláhuac Pérez
Hoy Michoacán atraviesa un momento difícil con la pérdida de un presidente que alzó la voz por su pueblo.
El dolor compartido nos exige serenidad, respeto y unión, que la tragedia no alimente el enojo, sino la conciencia de que solo juntos podremos transformar la realidad que nos duele.
Pero más allá del dolor legítimo, emergió un fenómeno social recurrente: la urgencia por encontrar culpables inmediatos. En medio del caos, la mente colectiva busca cerrar la incertidumbre y aferrarse a una narrativa simple (aunque no sea cierta). Así nace el linchamiento simbólico: la necesidad emocional de castigar para sentir control, aunque la verdad aún no se conozca.
Freud y Le Bon explicaban que, en masa, el individuo renuncia al pensamiento crítico y se deja arrastrar por la emoción del grupo. Cada comentario, titular o “compartido” actúa como validación moral. Y quien pide prudencia o exige pruebas es etiquetado como cómplice o insensible. La indignación se vuelve identidad, y el ruido sustituye la razón. Este ciclo da una falsa sensación de justicia, pero en realidad erosiona el tejido social, debilita las instituciones y refuerza la impunidad que dice combatir.
La violencia no es nueva; lo que cambió es quién la padece y quién puede amplificarla. Durante años, las víctimas fueron campesinos, jornaleros, jóvenes en pobreza reclutados a la fuerza o desplazados por el miedo. Pero mientras esa violencia permanecía en los márgenes, no ocupó el centro de la agenda pública. Solo cuando tocó al estrato medio (a quienes tienen visibilidad, voto y voz mediática), la inseguridad se volvió prioridad nacional. La tragedia, ahora cercana, dejó de ser estadística y se convirtió en espejo.
El deseo colectivo parece busca venganza antes que justicia. Recordemos (en contraste) , durante la llamada “guerra contra el narcotráfico”, la sociedad no abrazó la causa porque la estrategia fue fallida: se militarizó el territorio, se multiplicaron los homicidios y se perdió credibilidad institucional. Declararle la guerra al crimen no trajo paz, sino más miedo y desconfianza. La ecuación “más soldados igual a más seguridad” se demostró falsa. Y volvemos a lo mismo, no se puede erradicar la violencia combatiendo solo sus efectos; hay que atender sus raíces: pobreza, exclusión y falta de oportunidades.
Hoy entendemos que fortalecer el tejido social (educación, empleo digno, cohesión comunitaria) es más lento, pero es el único camino sostenible. Combatir la delincuencia sin rescatar a los sectores vulnerables es como barrer sin cerrar la llave de agua: los jóvenes seguirán siendo presa fácil de la violencia si no se les ofrece un proyecto de vida alternativo.
Por eso, el reto no es hallar un rostro para culpar, sino una estrategia para sanar. Justicia no es castigar al azar, sino reconstruir las condiciones que impiden que la violencia se repita. Y eso exige serenidad, memoria y enfoque colectivo.
Lamentablemente, algunos personajes (extintos líderes incluso) utilizan el dolor como bandera, usando la rabia como sustituto de la justicia, capitalizándose políticamente, sacrificando a las masas en una psicosis latente por el dolor colectivo, intentando desviar la atención a las verdaderas causas, intentando debilitar instituciones, y un avance de bienestar significativo a nivel federal, en un despliegue sistemático y mediático, para desestabilizar a sus oponentes políticos a costa de la misma ciudadanía, usando la vieja práctica de un viejo régimen; violencia VS. violencia.
Michoacán no necesita linchamientos ni verdades apresuradas. Necesita instituciones fuertes, ciudadanía crítica y un compromiso compartido con la verdad.
La paz no se decreta: se construye, paso a paso, desde abajo








