Por Arturo Cuitláhuac Pérez Esquivel
Dos días me bastaron, entre estudiar y trabajar, para terminar de ver Monstruo: La historia de Ed Gein. Me estremece escribirlo, pero hay mucho de qué hablar. Es una obra que trasciende el simple retrato biográfico para internarse en una auténtica semiótica del horror.
Lejos de centrarse únicamente en la monstruosidad de su protagonista, la serie articula un lenguaje visual y narrativo que descifra los signos del mal en la cultura estadounidense: el aislamiento, la fe punitiva y la represión como símbolos de un país que se mira en su propio espejo roto.
Su fotografía cenicienta y su ritmo silencioso construyen una gramática del vacío, donde cada objeto cotidiano —una silla, un cuchillo, una casa— se convierte en un signo del derrumbe moral. La serie no busca respuestas, sino significantes: ¿qué hace que una nación produzca monstruos que se parecen tanto a sus propios mitos fundacionales?
Lo más fascinante es su entramado intertextual. Monstruo teje una red de ecos con Psicosis, La masacre de Texas o El silencio de los inocentes, devolviendo al espectador al origen de las imágenes que definieron el terror moderno.
Ed Gein, el hombre real, se convierte aquí en un arquetipo: el espejo oscuro de Norman Bates, Leatherface o Buffalo Bill. La serie lo entiende no como anécdota, sino como símbolo. Lo que Hitchcock y Hooper insinuaron desde la ficción, Monstruo lo confronta desde lo real: el miedo universal a la madre autoritaria, a la carne, a la soledad.
Una intertextualidad metódica que no homenajea, sino que disecciona los cimientos del género que el propio Gein inspiró para aterrorizar al mundo.
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