Por Isabel Rodríguez
El eslogan “Ama Michoacán” terminó por convertirse en una frase vacía frente a la realidad que viven miles de morelianas y morelianos. Después de nueve años al frente del Ayuntamiento de Morelia, Alfonso Martínez deja una ciudad marcada por problemas estructurales que permanecen sin resolverse: inundaciones recurrentes, calles deterioradas, baches, infraestructura hidráulica insuficiente y una creciente percepción de abandono institucional.
El contraste entre el discurso y los resultados es cada vez más evidente. Mientras la administración municipal ha impulsado una narrativa de promoción de la ciudad bajo el lema “Ama Michoacán”, la realidad muestra que miles de familias enfrentan, año con año, los mismos problemas sin que exista una solución de fondo. La pregunta es inevitable: ¿en qué se han traducido los incrementos en la recaudación municipal por concepto del impuesto predial, agua potable y otros derechos, si las obras estratégicas para prevenir inundaciones y modernizar la infraestructura siguen siendo una deuda con la ciudadanía?
En Morelia las lluvias no son el problema; el problema es la ausencia de planeación, mantenimiento e inversión pública. Cada temporada pluvial se repite el mismo escenario: avenidas convertidas en ríos, colonias incomunicadas, viviendas anegadas, pérdidas patrimoniales y autoridades que ofrecen las mismas explicaciones de siempre. Lo que debería ser una contingencia extraordinaria terminó normalizándose como parte de la vida cotidiana de la ciudad.
Lo que ocurre actualmente en Hacienda Tiníjaro es una muestra de ello. Sus habitantes permanecieron durante varios días entre aguas estancadas, soportando condiciones insalubres y recurriendo al bloqueo de vialidades para exigir atención. Cuando una comunidad tiene que manifestarse para ser escuchada, el problema deja de ser únicamente hidráulico y se convierte en un síntoma de la ruptura entre el gobierno y la ciudadanía.
Las precipitaciones son un fenómeno natural; la negligencia gubernamental, no. Las inundaciones recurrentes responden a la falta de una política integral de infraestructura hidráulica, al rezago en el mantenimiento de drenajes y colectores, y a una planeación urbana que durante años relegó las obras de prevención frente a proyectos de mayor rentabilidad política e impacto mediático.
Después de casi una década, Morelia no necesita más recorridos oficiales entre charcos, ni conferencias de prensa después de cada tormenta. Necesita una administración capaz de anticipar riesgos, invertir en infraestructura estratégica y garantizar servicios públicos eficientes. Cuando un problema se repite año tras año, deja de ser una consecuencia inevitable de la naturaleza y se convierte en un indicador del desempeño gubernamental.
En este contexto, resulta legítimo preguntarse si un gobierno que no logró resolver los problemas más elementales de la capital michoacana está en condiciones de presentar un nuevo proyecto político para el estado. Porque antes de aspirar a gobernar Michoacán, la ciudadanía tiene derecho a exigir cuentas sobre los resultados obtenidos en Morelia. Los eslóganes pueden posicionar una imagen, pero son los hechos los que finalmente definen el legado de un gobierno.








