Por Arturo Cuitláhuac Pérez
La historia no sólo nos enseña cómo se pierde el poder; también nos enseña cómo se debilita la soberanía de una nación cuando desde dentro se abren las puertas a intereses ajenos al bienestar del pueblo.
Francisco I. Madero llegó a la Presidencia después de enfrentar al porfirismo y despertar la esperanza de millones de mexicanos que anhelaban un país más justo y libre. Sin embargo, en su intento de construir gobernabilidad, permitió que muchas estructuras del viejo régimen permanecieran intactas dentro del nuevo gobierno. Aquellos grupos que habían perdido el poder no desaparecieron; se reorganizaron desde dentro, conspiraron y terminaron entregando el destino del país a intereses que no representaban el espíritu de transformación que había iniciado la Revolución.
La Decena Trágica no fue solamente una traición política. También representó un momento donde la soberanía de México fue vulnerada por intereses externos y por actores internos que antepusieron su ambición personal sobre el destino nacional. Ahí está la lección histórica: cuando quienes sólo buscan conservar privilegios logran infiltrarse en los movimientos de transformación, terminan debilitando las causas colectivas y poniendo en riesgo la estabilidad del país, es aquí cuando los líderes políticos tienen que tener templanza e inteligencia, y perderles miedo, o terminarán desplazando a todos los fundadores de esta causa.
Hoy esa reflexión sigue vigente.
En Morena, y particularmente en Michoacán, debe existir claridad sobre el momento histórico que vivimos. La transformación no puede construirse reciclando las mismas prácticas ni entregando espacios a operadores políticos que han servido indistintamente a cualquier proyecto de poder con tal de mantenerse vigentes. Porque cuando la política se convierte únicamente en negociación de grupos, estructuras o intereses personales, el movimiento pierde identidad, pierde rumbo y se aleja de las causas que le dieron origen.
La soberanía también se defiende desde lo local. Se defiende cuidando que las decisiones públicas respondan al interés del pueblo y no a presiones políticas, económicas o de grupos que históricamente han vivido del poder. Se defiende evitando el intervencionismo disfrazado de acuerdos, evitando que los recursos públicos se conviertan en herramientas de control político y evitando que quienes nunca creyeron en la transformación terminen tomando decisiones sobre su futuro.
Andrés Manuel López Obrador ha insistido en que la verdadera fortaleza de México está en el pueblo, en la dignidad nacional y en mantener vivos los principios de “no mentir, no robar y no traicionar”. Pero también en algo igual de importante: no olvidar de dónde venimos ni por qué comenzó este movimiento.
Rumbo al 2027, el llamado debe ser claro y sereno: cuidar el movimiento, defender su esencia y entender que la transformación no puede depender de quienes cambian de bandera cada sexenio. Porque la soberanía no sólo se pierde frente a fuerzas externas; también se debilita cuando desde dentro se normalizan las viejas prácticas que tanto daño le hicieron a México.
Cuidemos los recursos públicos para lo que son, no entreguemos candidaturas ni espacios clave a mercenarios políticos, no confundamos estructura con convicción ni operación territorial con legitimidad moral.
La historia ya nos mostró lo que ocurre cuando el pasado permanece gobernando disfrazado de cambio. Por eso, hoy más que nunca, transformar también significa tener memoria.








