Por Celfia Duarte Casarez
I. Venir de lejos también es resistir
Llegar a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo siendo estudiante foránea no es sólo cambiar de domicilio: es cargar con la historia de nuestras comunidades, muchas veces rurales, empobrecidas y olvidadas. Venimos con lo justo, pero con una convicción enorme: estudiar para transformar. Las casas del estudiante no eran un privilegio, eran una posibilidad de vida. Por eso, cuando comenzaron a criminalizarnos, entendimos que no era sólo contra un grupo: era contra todo un modelo de movilidad social que incomoda al poder.
II. La noche del 28 de abril del 2012 que nos marcó
Yo estuve ahí. No fui moradora de casa del estudiante; fui consejera universitaria por la Preparatoria Pascual Ortiz Rubio, la más joven en integrar comisiones permanentes y especiales del Consejo. Desde esa responsabilidad asumí la comisión de seguimiento al caso de los compañeros detenidos. Pasamos noches enteras en asamblea, organizándonos, informándonos, sosteniéndonos entre nosotros. Estuvimos al pie de la lucha y muy de cerca de los hechos, sobre todo cuando las fuerzas de seguridad ingresaron a la Casa del Estudiante Lucio Cabañas.
Desde ese lugar tuve acceso directo a algunas carpetas de investigación y a lo que muchos quisieron ocultar: detenciones arbitrarias, uso desproporcionado de la fuerza, tratos crueles y violaciones a derechos humanos, como si estudiar fuera un delito. Nunca se supo con certeza cuántos fueron realmente: se habló de cientos de detenidos y decenas de lesionados, pero las cifras oficiales no alcanzaron a reflejar la dimensión de lo ocurrido ni el dolor de quienes lo vivieron.
No fue un operativo cualquiera: fue un mensaje. Nos quisieron enseñar que la autonomía universitaria podía ser vulnerada y que nuestras voces podían ser silenciadas. En el Consejo Universitario vimos cómo se intentó justificar lo injustificable. La administración encabezada por Salvador Jara Guerrero y el gobierno priista de Fausto Vallejo apostaron por la confrontación, no por el diálogo. Pero también vimos algo más fuerte: estudiantes organizados, firmes, que no abandonaron a sus compañeros, que acompañaron a las familias y que documentaron cada abuso.
III. La universidad neoliberal.
¿Por qué tanto desprecio contra los moradores de casas de estudiantes?
Desde la década de los 90 se incubó en la universidad pública un conjunto de valores reaccionarios propios de la ideología neoliberal.
La universidad se convirtió en una fábrica de títulos dónde lo unico importante era formar el capital humano que requiere el mercado laboral neoliberal, de esta forma se deterioro la visión humanista, social y crítica de la universidad pública.
La nuevas burocracias universitarias se obsesionaron con valores empresariales como calidad, evaluación, gestión empresarial, eficacia y excelencia. Todo ello fortaleció un sentimiento de pedante individualismo que suponía que la universidad no tenía mayor funcion.
El desprecio por la universidad pública, se graduó en un odio racista de quienes defendían la educación para los más pobres.
IV. No nos doblaron
Fuimos una generación que resistió. No romantizo la violencia que vivimos, pero tampoco la olvido. Nos golpearon, nos detuvieron, nos señalaron. Y aun así, no nos doblamos. Defendimos la autonomía universitaria y el derecho a estudiar viniendo desde donde venimos.
Aprendimos que la lucha estudiantil no es un episodio aislado, sino parte de una historia más profunda de desigualdad estructural. Hoy, cuando se intenta reducir aquellos hechos a versiones oficiales, yo los nombro por lo que fueron: una agresión contra estudiantes pobres, contra jóvenes que sólo querían estudiar.
Porque quienes venimos de abajo sabemos que resistir también es una forma de construir futuro. Y ese futuro, aunque incomode, sigue siendo nuestro. Ni perdón, ni olvido.








