Por Edén Ensástiga
19 de enero del 2026.- A las dos de la tarde llegamos a La Soterraña con la prisa bien peinada y el frío metido en los huesos, como quien llega a una cita que puede cambiarte la vida. La plaza —esa que desde hace años Morena ha venido activando con terquedad cultural y formación política, como quien prende un fogón para que no se apague el barrio— estaba ahí: hermosa, vieja y luminosa, con su aire de anfiteatro popular, su piedra con memoria y esa acústica que parece hecha para que la historia se diga en voz alta.
Pero el cielo venía jugando a dos bandas. Nubes negras amenazaban con cerrar temprano. La lluvia rondaba como policía de turno: no pega… pero intimida. Aun así, nadie se echó para atrás. Cuando uno trae una obra a cuestas, trae también un pacto: si el agua cae, que caiga; nosotros también caemos de pie, murmuramos entre nosotros.
Montamos el mundo a pulso. Bajo la mirada y el pulso del director Everth Yamil —capitán de esta travesía—, fuimos armando el dispositivo de viaje: Audio, luces, cables como venas, bocinas como pulmones a cargo de Iván Garmendia, la escenografía armándose con esa precisión de los oficios que nunca salen en la foto. La máquina del tiempo —esa bestia con dignidad de utilería y hambre de futuro— se plantó en el centro como si siempre hubiera vivido ahí. Las sillas se alinearon obedientes, esperando al público como se espera a la familia cuando hay fiesta. El maquillaje empezó a hacer su trabajo de alquimia: transformar caras en personajes, convertir piel cotidiana en máscara histórica. De pronto, un actor ya no era actor: era un umbral.
La plaza se fue poblando de señales. Un vendedor pasando como si trajera noticias. Una niña preguntando “¿ya va a empezar?”. Un señor con manos de trabajo acomodándose el suéter como quien se prepara para testificar. En el aire, ese olor a tarde que se vuelve noche, a café y humedad, a pueblo y ciudad mezclados: el perfume real del Michoacán que no se rinde.
A las cuatro y pico ya todo era tensión buena: la que se siente antes de que el telón, sin existir, se abra. El clima seguía echando miradas duras, como matón de esquina, pero nosotros ya estábamos en otro plan: el plan de la terquedad, el de la esperanza con escenario, alguien decia: esto ya va a pasar.
Y entonces: las cinco en punto. Yo, al frente como conductor —el Juglar itinerante, chairo intelectual—, respiré hondo y le pedí permiso a la plaza para abrir la función.
Como en las canciones donde el destino se aparece sin aviso, la plaza se llenó. Llegó la gente con esa curiosidad que es el primer acto de la conciencia. Llegaron los vecinos, las compañeras, los jóvenes, los y las militantes, los que pasan y se quedan porque escuchan una risa o un acorde. La Soterraña se volvió cabina, teatro, asamblea y calle al mismo tiempo. Y nosotros despegamos.
La radio encendió su ojo invisible: esa voz que no se ve pero lo nombra todo. La música hizo lo suyo: abrir la puerta sin pedir permiso. Y el teatro, que es el arte de poner un espejo donde otros ponen propaganda, empezó a girar la manivela de la máquina del tiempo.
Primero apareció Carlota de Bélgica —Selma Sánchez cargando el personaje como se carga un linaje incómodo—: impecable y pesada, cargando su conservadurismo como abrigo caro, su clasismo como perfume que no se va, y esa nostalgia del imperio que algunos todavía anhelan. Entró a la cabina con maneras de salón y mirada de juicio, como si el barrio fuera un error de ortografía. Traía en la voz el filo de los privilegios: ese tono que no grita, pero manda.
Y ahí, como si la historia tuviera sentido del humor, entró Benito Juárez, interpretado por Ramsés Figueroa. No como estatua: como contradicción viva. Llegó con la frente de los que han caminado el país por dentro, con la palabra clara y el corazón amarrado a la tierra. Se paró enfrente a Carlota como se le para uno al abuso, con su tono azul en la casa, como billete de veinte: sin aspavientos, pero sin miedo. Se dieron un agarrón de ideas —y de coplas— donde el antiimperialismo no era discurso de museo, sino canción de esquina, respuesta de pueblo, dignidad rimada. La plaza escuchaba y en cada verso se notaba algo: no era “entretenimiento”; era memoria afilada.
Y cuando ya estábamos en ese viaje, cuando la gente ya iba con nosotros como quien se sube a un camión nocturno rumbo a otra verdad, ocurrió un golpe de timón: llegó Elvia Carrillo Puerto, encarnada por Verónica Villicaña.
Entró como entran las que abren camino: con el paso firme de la que no pide permiso para existir. La sufragista yucateca apareció acompañada por el eco de muchas mujeres del feminismo mexicano —las de nombre y las sin placa, las que empujaron la puerta cuando la puerta era pared— y la plaza cambió de temperatura. No por el clima: por la emoción.
Ahí sí, el barrio se puso serio. Se escucharon respiraciones profundas, silencios de esos que pesan bonito. Algunas compañeras lloraron, y no fue lágrima de teatro: fue lágrima de historia. Lloraron porque a veces una voz en escena te recuerda lo que has vivido, lo que te han contado, lo que te toca seguir. Lloraron porque Elvia no llegó a “representar” un pasado: llegó a exigir presente.
Y de pronto entendimos, todos: eso era la revolución de las conciencias, pero sin consigna hueca. Era pensamiento crítico con guitarra, con actuación, con radio, con risa y con golpe de verdad. Era arraigo, sí: no el arraigo de la obediencia, sino el arraigo de la pertenencia consciente. Morena —en su mejor versión— no como siglas, sino como movimiento que se forma, se cuestiona y se organiza también desde la cultura.
Cuando terminó, el frío ya no importaba. La lluvia, vencida por la música y por la terquedad, se quedó mirando desde lejos. La plaza respondió como responden los pueblos cuando les hablas con respeto: llenándose, conmovida, vibrando.
Esa noche La Soterraña quedó confirmada como lo que es: un territorio simbólico que hay que cuidar. Porque el teatro no es adorno; es herramienta de transformación. Y las plazas —las plazas de verdad— no se rentan al miedo: se recuperan para el movimiento, para la gente, para la historia que todavía está escribiéndose en voz alta.







