Por Celfia Duarte Casarez
El imperio no interviene: castiga
Estados Unidos no “interviene” en Venezuela; la castiga. Castiga la desobediencia, la autonomía y el intento con todos sus errores y contradicciones de construir un proyecto fuera de su órbita. El libreto es conocido: sanciones que asfixian economías, bloqueos que empobrecen pueblos y discursos morales que esconden intereses energéticos y geopolíticos.
Esto no es un error del sistema, es el sistema funcionando como fue diseñado. El imperialismo no tolera la soberanía real, solo administra permisos. Venezuela paga el precio de no pedirlos.
Aquí conviene recordar a Vladimir Lenin, brutalmente vigente: “El imperialismo es la fase superior del capitalismo.”
No es una desviación, es su madurez. Y cuando madura, se vuelve más violento.
América Latina, un límite común
Brasil, Chile, Colombia, Uruguay y México no son gobiernos revolucionarios ni socialistas, son socialdemocracia en sentido estricto. Precisamente por eso su coincidencia es relevante. Desde trayectorias distintas, han marcado un límite: la intervención extranjera no es aceptable.
Este gesto rompe con décadas de subordinación automática a Washington y recupera un principio básico del internacionalismo socialista, la autodeterminación de los pueblos. No se trata de defender ciegamente a un gobierno, sino de rechazar la idea colonial de que el Norte puede decidir el destino del Sur.
La unidad latinoamericana no nace del amor, nace de la necesidad. Y hoy la necesidad es clara: si cae uno, el mensaje es para todos. Mañana puede ser Brasil por el Amazonas, Colombia por sus recursos estratégicos o México por su soberanía energética.
La condena conjunta no es valentía heroica, pero sí dignidad mínima. En tiempos de servilismo global, eso ya es subversivo.
No basta con decir no
Hay que decirlo sin rodeos, la condena diplomática no alcanza. Mientras no exista integración económica real, cooperación energética y defensa política regional, América Latina seguirá siendo vulnerable.
Defender a Venezuela no significa negar sus errores internos, sino entender que ningún proceso popular puede desarrollarse bajo asedio permanente. El bloqueo no corrige gobiernos, destruye sociedades. Y quienes celebran la intervención desde escritorios cómodos jamás pagan el costo: lo pagan los trabajadores, las mujeres, los niños.
Lenin también advirtió: “Quien espere una revolución pura, jamás la verá.”
La política real es contradictoria, incompleta, áspera. Pero incluso en esa imperfección, hoy hay una línea que se empieza a trazar: la región ya no está dispuesta a aceptar bombardeos, sanciones y amenazas como si fueran normales.
Lo que hoy une a Brasil, Chile, Colombia, Uruguay y México no es una ideología cerrada, sino una memoria histórica compartida, sabemos lo que significa la intervención, porque la hemos sufrido una y otra vez.
La pregunta ya no es si Venezuela gusta o no. La pregunta es más incómoda:
¿América Latina seguirá aceptando que el imperialismo decida quién vive, quién gobierna y quién merece existir?
La respuesta es clara: la soberanía no se negocia, se defiende.
Y cuando se defiende en conjunto, deja de ser un discurso y empieza a ser poder.








