Por Celfia Itzel Duarte Cásarez
La disputa por el sentido común no solo decide ideas: decide cuerpos.
En un país asediado por la violencia, no basta con controlar narrativas: también se busca controlar cuerpos. En ese contexto emerge con fuerza la narcoestética, una estética impuesta que convierte la corporalidad en moneda de poder, pertenencia y violencia.
Hegemonía cultural en su versión más perversa: la estética como arma.
La hegemonía cultural, en términos de Gramsci, es el dominio ideológico que una clase ejerce sobre el resto no mediante la fuerza física, sino a través de la naturalización de valores, prácticas y creencias que se vuelven incuestionables.
Cuando lo simbólico invade lo corporal, la conquista es total: el sistema no solo moldea mentes, sino cuerpos, deseos y aspiraciones físicas.
Narco-belleza / Narcoestética: cuerpos al servicio del crimen y del capitalismo mutilador.
No estamos ante una moda pasajera, sino frente a una ofensiva cultural y económica. La narcoestética impone un ideal construido sobre la violencia, el riesgo, la ostentación y el dinero rápido. Sus mecanismos son tan seductores como dolorosos.
Sus rasgos incluyen:
Hipersexualización del cuerpo como instrumento de estatus, protección o ascenso. La feminidad deja de ser identidad y se convierte en moneda.
Mercantilización del cuerpo, que deja de pertenecer al sujeto para pertenecer al sistema como objeto de deseo, consumo y espectáculo.
Violencia simbólica y real, que normaliza relaciones desiguales, dominación y peligro. Cada cuerpo “perfecto” funciona como carta de pertenencia a un mundo sostenido por la intimidación.
Capitalismo mutilador de cuerpos, que exige cirugías, retoques y modificaciones permanentes muchas veces en condiciones precarias, clandestinas o riesgosas como puerta de acceso al estatus. El cuerpo queda marcado, fragmentado, hipotecado. No es cuerpo sano: es cuerpo sometido.
Narcoestética como engranaje de dominación simbólica y territorial. Este ideal estético sirve a intereses específicos: consolidar redes de poder criminal, legitimar la posesión de cuerpos y territorios, y perpetuar una hegemonía de muerte donde la vida cotidiana se vuelve espectáculo. La narcoestética no solo seduce: coacciona. No solo normaliza: esclaviza.
Esta lógica tiene consecuencias letales. Un caso reciente es el de Paloma Nicole, una joven de 14 años que murió tras someterse a una cirugía plástica. Y no es un caso aislado: en México se realizaron 1,294,946 cirugías estéticas en 2024, según la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética. Son cifras que revelan un fenómeno cultural, económico y político que se alimenta de cuerpos, especialmente los más vulnerables.
El desafío de revertir la narcoestética: descolonizar cuerpos e imaginarios.
Ante esta ofensiva, las respuestas no pueden ser tibias. Necesitamos:
- Espacios educativos que enseñen a valorar cuerpos saludables, diversos y libres.
- Una apuesta cultural centrada en dignidad, comunidad y respeto, no en exhibición ni violencia.
- Una reflexión urgente sobre cómo el capitalismo y quienes lucran con él mutila cuerpos a cambio de un estatus efímero.
- Una responsabilidad colectiva, porque esta lucha no es solo de las políticas públicas, sino de todas y todos quienes viven, crean y consumen cultura.
Advertencia necesaria: la narcoestética no es liberación ni belleza alternativa.
Es un instrumento de dominación. Como toda hegemonía, debe ser nombrada para combatirla, despojada de glamour y confrontada con narrativas que devuelvan dignidad a cuerpos y subjetividades.
La pregunta que nadie quiere responder, pero que define nuestro futuro:
¿Nos atreveremos a recuperar nuestros cuerpos, nuestras identidades y nuestras vidas antes de que este capitalismo brutal y su narcoestética siga acumulando cadáveres bajo la máscara seductora de la belleza?








