Por Isabel Rodríguez
“Morena sigue haciendo política desde el territorio, con organización, participación y respaldo social. Ahí, lejos del escándalo mediático, es donde se mide la verdadera fuerza de un proyecto político.”
“El dirigente de Morena fue tajante: nadie tiene derechos adquiridos sobre una postulación rumbo a 2027. En el movimiento, las candidaturas no se heredan ni se reparten por anticipado; se definen por encuesta.”
En Michoacán, la política no solo se disputa en las urnas ni en los pasillos del poder: también se pelea en la narrativa. En días recientes, una serie de acontecimientos, amplificados con entusiasmo por ciertos medios, intentaron instalar la idea de que Morena vive una fractura interna profunda, una división insalvable rumbo a la sucesión gubernamental de 2027. Sin embargo, basta observar con detenimiento los hechos, y no solo los titulares, para entender que el escenario es mucho más complejo y menos dramático, de lo que se quiere hacer creer.
La rueda de prensa del Comité Ejecutivo Estatal de Morena, encabezado por Jesús Mora, fue clara en un punto central: el movimiento no está en guerra consigo mismo. Lo que existe es un proceso político vivo, con tensiones propias de un partido-movimiento que gobierna, que tiene pluralidad y que no opera bajo la lógica del silencio impuesto. Pretender que cada diferencia es una ruptura es desconocer o negar deliberadamente, la naturaleza misma de Morena.
El episodio de Zitácuaro, donde Fabiola Alanís Sámano expresó su inconformidad por no haber sido considerada en el presídium, se convirtió rápidamente en munición mediática. Se habló de desaire, de confrontación abierta, incluso de una supuesta estrategia del gobernador Alfredo Ramírez Bedolla para imponer a sus incondicionales. Pero la propia Alanís optó por enfriar el tema y reencuadrarlo: no hay pleito interno, dijo; hay decisiones de organización. Y ese matiz importa.
Porque en Morena, a diferencia de los viejos partidos, las disputas no se resuelven en lo oscurito ni con expulsiones sumarias. Se discuten, se ventilan, se procesan. La pluralidad no es un defecto, es una condición. Y aunque a algunos les incomode, el desacuerdo no debilita al movimiento: lo obliga a afinar su rumbo.
Jesús Mora lo dijo con claridad: ningún ataque mediático puede doblegar a un movimiento profundamente arraigado en el pueblo. Frente a la guerra de percepciones, Morena responde con territorio. Con organización desde abajo, con presencia permanente en las comunidades y con escucha activa. Mientras la oposición y algunos opinadores apuestan por la narrativa de la división, el partido fortalece su vínculo con la ciudadanía.
Aquí está el punto que muchos prefieren omitir: Morena no es un partido de coyuntura ni una maquinaria electoral vacía. Es un proceso histórico que puso en el centro a quienes durante décadas fueron excluidos del debate público. Por eso, cuando se discuten temas como la revisión del sistema electoral, la figura de los plurinominales o las políticas sociales, no se trata de ocurrencias, sino de una disputa real por el sentido de la democracia.
La supuesta “ambición” de imponer perfiles, atribuida alegremente al gobernador, es parte del libreto conocido. Pero también lo es el intento de convertir cualquier diferencia interna en un escándalo. En realidad, lo que estamos viendo es a un movimiento que se prepara, que debate y que acomoda sus piezas de cara a un futuro que aún no está escrito.
Morena no rehúye al debate; lo provoca. No le teme a la crítica; la incorpora. Y no se fragmenta por la diversidad; se consolida en ella. Mientras algunos intentan imponer una realidad ficticia desde los medios, el movimiento sigue construyendo política desde donde siempre ha estado: en el territorio, con el pueblo. Ahí, donde la guerra mediática pierde fuerza y la democracia verdadera empieza a tomar forma. Hasta aquí mi comentario.








