Por Arturo Cuitláhuac Pérez
La votación contra la reforma electoral que buscaba reducir los plurinominales dejó una escena peculiar en el Congreso: el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) defendiendo con entusiasmo un sistema que durante años ha sido criticado por alejar a los legisladores del voto directo.
Paradójicamente, la reforma también representaba para ambos partidos una oportunidad interesante: demostrar que podían competir con fuerza en distritos reales, ganar terreno en las urnas y construir capital político propio. Pero el mensaje que enviaron fue distinto. En política, parece que prefirieron conservar el salvavidas antes que aventarse a nadar en mar abierto.
La votación funciona casi como un presagio de su panorama electoral: partidos que, por ahora, parecen más cómodos negociando posiciones que midiendo su fuerza territorial. Y mientras los plurinominales sigan existiendo, su valor dentro de la mesa política también aumenta. Con ese margen podrán exigir más candidaturas, más espacios o incluso coquetear con la idea de competir por separado.
Si nos trasladamos al multiverso político de Michoacán, la jugada abre escenarios curiosos. La supuesta alianza “natural” entre Morena y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) podría terminar encontrando coincidencias donde antes había antagonismos, porque, convengamos, en política las ideologías a veces duran menos que una campaña electoral.
Mientras tanto, el Partido Verde, fiel a su naturaleza camaleónica, quizá recuerde con nostalgia a sus antiguos socios del PRI y hasta explore coqueteos con el PAN. No soy quién para juzgar, humilde opinión, pero en el Verde han presumido que han crecido en número de diputaciones. Lo que rara vez mencionan es que muchas de esas victorias llegaron gracias a la alianza con Morena.
Su presidente insiste en que pueden competir solos. Bueno… quizá esta sea la oportunidad perfecta para demostrarlo.
Al final, la reforma no pasó. Pero tampoco es el final de la historia. Desde el gobierno federal ya se habla de un “Plan B”, es decir, intentar modificaciones al sistema electoral desde leyes secundarias. Y si algo ha demostrado la política mexicana es que cuando una puerta se cierra en el Congreso, siempre aparece una ventana legislativa por donde volver a intentarlo.
Porque en política nada ocurre por accidente. Y viendo el tablero completo, da la impresión de que la presidenta midió lealtades… y, como dicen en el barrio, terminó construyendo una ratonera.








