La soberanía no se negocia: memoria e historia en América Latina

Por Isabel Rodríguez

Abstract- América Latina vuelve a ser escenario de disputa geopolítica. El pueblo de México, junto a su presidenta Claudia Sheinbaum, reafirma una tradición política fundada en su historia: la no intervención y la defensa de la soberanía de los pueblos. La experiencia histórica de América Latina confirma que, cuando la soberanía se ejerce, el imperialismo responde.

En pleno siglo XXI, después de décadas —y siglos— de luchas por la autonomía de nuestros pueblos, por la soberanía y el respeto de América Latina, las potencias globales continúan disputándose territorios, recursos y zonas de influencia, mientras los pueblos pagan las consecuencias. Las formas de dominación han mutado, pero el fondo permanece intacto: intervenciones extranjeras, imposiciones económicas, bloqueos, guerras y narrativas que se legitiman en nombre de la “democracia”, aun cuando implican la violación sistemática de la soberanía de las naciones.

América Latina sigue enfrentando estos desafíos en un escenario globalizado donde la injerencia ya no se ejerce únicamente mediante la ocupación militar directa, sino a través de sanciones, presiones financieras, control tecnológico y condicionamientos económicos. Sin embargo, los efectos son los mismos de siempre: desestabilización política, dependencia estructural y profundización de la desigualdad social. La experiencia histórica lo confirma. Estados Unidos ha intervenido política, económica y militarmente en América Latina y otras regiones del mundo, dejando tras de sí guerras, golpes de Estado, bloqueos y Estados debilitados. Rusia ha recurrido a una lógica de poder imperial en conflictos estratégicos para asegurar su hegemonía regional. China, por su parte, ha expandido su influencia mediante mecanismos de control económico, endeudamiento y apropiación de recursos estratégicos, condicionando la soberanía de países del Sur Global.

Ante este contexto, resulta imprescindible fijar una postura clara y recuperar la memoria histórica. América Latina no es un territorio sin pensamiento ni tradición política. A nuestra historia le anteceden nombres como Simón Bolívar, Benito Juárez, José Martí, Emiliano Zapata y Augusto César Sandino. Algunos libraron la lucha en el campo de batalla; otros lo hicieron desde las ideas, la palabra escrita y el pensamiento político. De ese legado emergió un proyecto latinoamericano centrado en la identidad propia, la unidad y la integración de nuestros pueblos, forjado en la conciencia de una historia común de dominación y resistencia.

Desde esa tradición, el pueblo de México, junto a su presidenta Claudia Sheinbaum, sostiene una posición histórica y coherente: la no intervención en los asuntos internos de otros países y el respeto irrestricto a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos. Esta postura no responde a coyunturas políticas, sino a una lección aprendida a lo largo de nuestra propia historia.

Por ello, resulta urgente hacer un llamado a la unidad y al conocimiento crítico de nuestra historia, testigo de las múltiples violaciones al derecho internacional y de las consecuencias devastadoras que han traído las intervenciones extranjeras. La historia demuestra que el imperialismo no tolera desviaciones cuando sus intereses estratégicos se ven amenazados.

Porque la soberanía no se concede: se ejerce. Y en tiempos de hegemonías disputadas y memorias fragmentadas, recordar nuestra historia no es un gesto puramente académico, es un deber ético. Recordar es resistir. Nombrar es defender. Y defender la soberanía, hoy como ayer, sigue siendo la forma más alta de dignidad colectiva.