Por Celfia Duarte Casarez
Ayer en la Cámara de Diputados no sólo se votó una reforma electoral. Se votó algo más profundo: si México avanza hacia una democracia menos costosa y más representativa, o si el viejo sistema político seguirá protegido por quienes viven de él.
La reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum obtuvo 259 votos a favor, 234 en contra y una abstención, pero no alcanzó los 334 votos necesarios para modificar la Constitución.
El resultado dejó una pregunta inevitable: ¿quién decidió frenar el cambio?
La defensa del viejo régimen
Los partidos de oposición Partido Acción Nacional, Partido Revolucionario Institucional y Movimiento Ciudadano votaron en bloque contra la reforma.
No es casualidad. Durante décadas, estos partidos administraron un sistema electoral costoso y profundamente burocratizado. México tiene uno de los aparatos electorales más caros del mundo, con gastos multimillonarios en financiamiento público, autoridades electorales y campañas.
La reforma planteaba reducir hasta en 25% el gasto electoral, modificar el sistema de representación proporcional y disminuir privilegios dentro del aparato político.
Desde la perspectiva académica, varios estudios han señalado que los sistemas electorales sobrefinanciados generan “carteles partidistas”, es decir, partidos que dependen más del financiamiento estatal que de la ciudadanía. El politólogo Richard Katz y Peter Mair lo describen como partidos que terminan protegiendo el sistema que los sostiene.
Por eso la oposición habla de “defensa de la democracia”. Pero en los hechos, lo que defendieron fue la estructura política que durante años les permitió gobernar sin transformar el país.
Las fracturas dentro de la coalición
Sin embargo, la reforma no cayó únicamente por la oposición.
También cayó por la ruptura dentro del propio bloque que se ha presentado como aliado de la transformación. Legisladores del Partido del Trabajo y del Partido Verde Ecologista de México votaron en contra, sumándose al bloque opositor.
Incluso dentro de Movimiento Regeneración Nacional hubo ausencias y votos que rompieron la disciplina política.
Esto revela una verdad incómoda de la política mexicana: las coaliciones electorales no siempre significan proyectos políticos compartidos.
Cuando se trata de tocar privilegios plurinominales, financiamiento o posiciones parlamentarias aparecen las resistencias. Y entonces la transformación se vuelve negociable.
La disputa por el futuro democrático
La reforma electoral buscaba modificar 11 artículos constitucionales para reordenar el sistema político, abaratar elecciones y replantear la representación legislativa.
No era una reforma menor. Era un intento de discutir qué tipo de democracia quiere México en el siglo XXI.
Una democracia cara, capturada por élites partidistas, o una democracia más austera y cercana al pueblo.
Lo ocurrido en San Lázaro dejó algo claro: cuando se intenta cambiar las reglas del sistema político, los intereses se alinean rápidamente para impedirlo.
La historia política mexicana está llena de momentos en los que las reformas democráticas encontraron resistencia. Pero también enseña algo más: cuando la presión social se mantiene, los cambios terminan llegando.
Por eso la pregunta no es sólo quién votó en contra.
La pregunta es quién estará dispuesto a seguir empujando la transformación del sistema político… y quién preferirá seguir viviendo de él.








