La mafia del poder: poderoso caballero es don Dinero

Por Sol Ineira

Andrés Manuel López Obrador acuñó el término “mafia del poder” a mediados de los años 2000, en el momento más tenso de su carrera política, cuando el gobierno de Vicente Fox impulsó el desafuero en su contra en 2004 y 2005 para impedirle competir por la presidencia.

El 5 de junio de 2011, en un mitin en el Zócalo, lo planteó como lo repetiría cientos de veces después: “Tenemos claro que el principal problema de México es el predominio de una mafia del poder y que a ello se debe la decadencia y la tragedia nacional.”

Con más detalle en su campaña de 2011 y 2012, AMLO describió el concepto de forma muy concreta: un grupo de alrededor de 30 personas, entre empresarios y políticos, con beneficio mutuo y una jerarquía reconocible. Entre los nombres que él mismo señaló están, del lado empresarial, Roberto Hernández de Banamex, Claudio X. González de Kimberly-Clark y Emilio Azcárraga de Televisa, y del lado político, Carlos Salinas de Gortari, a quien AMLO llamó el jefe del grupo, junto con Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto, Manlio Fabio Beltrones y Elba Esther Gordillo. Priistas y panistas mezclados en la misma lista.

Durante más de sesenta años, PAN y PRI “compitieron”. Pero conviene mirar de cerca cómo lo hicieron, sobre todo desde finales de los ochenta, que es cuando se define el país que tenemos hoy. Esa historia empieza, precisamente, con un fraude. En 1988 le arrebataron el triunfo a Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del Frente Democrático Nacional, la noche en que el sistema de conteo oficial se cayó mientras Cárdenas iba adelante, y cuando volvió a funcionar, Salinas de Gortari había ganado. Años después, el propio Manuel Bartlett, secretario de Gobernación en ese sexenio, acusó a Diego Fernández de Cevallos, entonces la figura más fuerte del PAN, de haberse coordinado con Salinas para quemar las boletas de esa elección e impedir cualquier recuento posterior. Si eso fue así, el PAN no se limitó a no impugnar a fondo el fraude contra la izquierda, ayudó a taparlo.

Con ese antecedente, el PRI llegó debilitado a la Cámara de Diputados, sin la mayoría calificada que necesitaba para reformar la Constitución, y Salinas resolvió el problema negociando con el PAN, que le dio los votos para reformar el artículo 27, el que protegía la tierra ejidal y que se modificó para abrir el campo a la privatización, además de respaldar después la ratificación del Tratado de Libre Comercio. A cambio, el PAN recibió algo muy concreto: espacios de poder.

El ejemplo más claro de esa negociación ocurrió en Guanajuato. En las elecciones de 1991, el priista Ramón Aguirre fue declarado ganador en medio de acusaciones documentadas de fraude. El aspirante del PAN que había denunciado ese fraude era Vicente Fox. Pero lo que pasó no fue que le dieran el triunfo a Fox, Aguirre renunció y Salinas negoció con la dirigencia panista para instalar como gobernador interino a otro panista, Carlos Medina Plascencia, quien protestó el cargo el 26 de septiembre de 1991. A eso se le llamó, desde entonces, “concertacesión”, se lo cedieron a quien el PRI decidió. En paralelo, partidos como el PARM, el PPS o el PFCRN cumplían otra función parecida, existían para que el sistema pareciera plural, pero casi siempre terminaban votando junto con el PRI.

Por eso, cuando Fox llegó a la presidencia en el año 2000, llamarlo “la alternancia” es, cuando menos, generoso. El PAN llevaba más de una década funcionando como el socio legislativo del PRI en las reformas que de verdad importaban, y recibiendo a cambio gubernaturas negociadas.

El modelo económico no cambió, la red de negocios tampoco, y buena parte de los nombres que después AMLO metería en la lista de la mafia del poder ya llevaban años operando juntos, solo que ahora con Fox al frente en lugar de un priista.

La prueba de que no se trataba de partidos, sino de un bloque de intereses, llegó rápido, ya con el PAN en Los Pinos.

En 2006 López Obrador perdió la presidencia frente a Felipe Calderón por apenas 233 mil 281 votos, un 0.56 por ciento de diferencia, después de que el Tribunal Electoral limitara el recuento a solo el 9 por ciento de las casillas del país.

Esa campaña se hizo, en buena parte, con dinero y estrategia del sector empresarial: la campaña “AMLO, un peligro para México” salió de esa misma alianza entre el poder político y el poder económico que Cárdenas ya había enfrentado dieciocho años antes. Cárdenas y López Obrador tienen eso en común: ninguno de los dos formaba parte de los intereses de la mafia del poder, y a los dos, en el momento en que estuvieron cerca de ganar, el sistema los paró. Al PAN, que sí negociaba dentro de esos intereses, se le premiaba.

Ahí está el sentido real del PRIAN, la palabra que resume todo esto: una tesis sobre lo que pasó en México entre 1988 y 2006.

Exactamente lo que volvió a pasar esta semana con Fox, Jorge Romero y Alito Moreno. No hace falta que se quieran, ni que compartan discurso, para que sigan funcionando como la misma cosa cuando de verdad importa. Fox, el PAN y el PRI se están juntando, otra vez, donde siempre coincidieron: en el mismo lugar del poder que llevan más de treinta años administrando entre los dos.