Por Alejandro Castañeda
Tzintzuntzan, Michoacán, 4 de noviembre de 2026.- Mientras en buena parte de México las celebraciones de Día de Muertos concluyeron el 2 de noviembre, en la comunidad purépecha de Ihuatzio, ubicada en la ribera del lago de Pátzcuaro, las ánimas todavía permanecen entre sus seres queridos, de acuerdo con una creencia transmitida de generación en generación.
Para sus habitantes, la visita de los difuntos no termina con las tradicionales velaciones. Se prolonga durante ocho días, periodo en el que las familias mantienen los altares en sus hogares, encienden velas e incienso y conservan un ambiente de recogimiento y respeto.
Esta manifestación cultural, conocida como la “Octava de Ánimas”, representa una de las expresiones distintivas de la relación que las comunidades purépechas mantienen con la muerte, la memoria y la continuidad de los vínculos familiares.
Ocho días de convivencia espiritual
En Ihuatzio, la muerte no significa una ruptura definitiva con quienes partieron. La tradición sostiene que las almas regresan temporalmente para convivir con sus familiares y recordar el mundo de los vivos.
Por ello, las ofrendas permanecen durante toda la semana posterior al Día de Muertos. La luz de las velas y el aroma del incienso acompañan simbólicamente a los visitantes espirituales, mientras las familias mantienen viva su memoria.
De acuerdo a diferentes fuentes, La Octava culmina con dos jornadas de despedida: el 8 de noviembre, dedicado a los llamados “angelitos”, niñas y niños fallecidos, y el 9 de noviembre, destinado a las ánimas de los adultos.
Durante las primeras horas de ambas fechas, las familias regresan al cementerio comunitario para renovar los adornos de las tumbas y colocar flores, velas, frutas y alimentos que, según la tradición, acompañarán a sus difuntos durante el viaje de retorno.
Gorditas de trigo, el alimento para el regreso
Uno de los elementos más representativos de esta celebración es su gastronomía ritual.
A diferencia de las ofrendas del 1 y 2 de noviembre, cuando se acostumbra colocar pan de muerto, durante la Octava adquieren especial importancia las tradicionales gorditas de trigo, preparadas en la comunidad.
También se ofrecen calabaza y chilacayote cocidos y endulzados con piloncillo, alimentos que forman parte de las costumbres culinarias heredadas de generaciones anteriores.
Su presencia en las tumbas y altares tiene un significado que trasciende lo alimentario: representa la provisión simbólica que las familias entregan a sus seres queridos para acompañarlos en su despedida.
De esta manera, la preparación de los alimentos, el arreglo de las ofrendas y la visita al panteón se convierten en prácticas mediante las cuales se preservan los conocimientos y las creencias de la comunidad.
Una tradición que busca permanecer
De acuerdo con testimonios de habitantes de Ihuatzio, durante años la Octava de Ánimas fue conservada principalmente por las personas mayores, quienes acudían al cementerio para cumplir con los rituales de despedida.
Sin embargo, en tiempos recientes se ha observado un renovado interés de otros integrantes de la comunidad, incluidas generaciones jóvenes, por participar en esta manifestación cultural.
También ha comenzado a despertar la curiosidad de visitantes interesados en conocer las tradiciones de los pueblos originarios, aunque su carácter comunitario y espiritual exige respeto hacia las familias y los espacios ceremoniales.
La continuidad de la Octava constituye una expresión de identidad cultural y de transmisión de conocimientos entre generaciones, particularmente en un contexto en el que numerosas prácticas tradicionales enfrentan transformaciones sociales y culturales.
Para los habitantes de Ihuatzio, conservar esta celebración significa mantener viva una forma propia de comprender la muerte y la relación con sus antepasados.
Mientras en otros lugares los altares ya fueron retirados, en esta comunidad las velas permanecen encendidas y las ofrendas continúan esperando la despedida.








