Por Celfia Duarte Casarez
Mientras millones de personas siguen con entusiasmo el Mundial de Fútbol 2026, una realidad menos visible se desarrolla fuera de los estadios. Las selecciones nacionales saltan a la cancha para representar los colores, la historia y el orgullo de sus pueblos; sin embargo, en el escenario internacional nuestros países enfrentan desafíos mucho más complejos que un partido de noventa minutos. En medio de un mundo marcado por disputas económicas, tensiones geopolíticas y profundas transformaciones globales, la pregunta que América Latina debe plantearse no es únicamente quién levantará la copa, sino si nuestra región está preparada para competir en el verdadero mundial del siglo XXI: el de la economía, la soberanía y la construcción de su propio destino.
Un equipo dividido difícilmente gana campeonatos
En el fútbol, el talento individual puede ganar partidos, pero los campeonatos se construyen con trabajo colectivo. Lo mismo ocurre con las naciones. Ningún país latinoamericano, por importante que sea, posee por sí solo la fuerza suficiente para negociar en igualdad de condiciones frente a las grandes potencias económicas y militares del planeta.
Mientras China fortalece sus alianzas estratégicas, la Unión Europea consolida sus mecanismos de cooperación y Estados Unidos protege agresivamente sus intereses nacionales, América Latina continúa atrapada en ciclos de fragmentación política y dependencia económica. Seguimos exportando materias primas e importando tecnología; seguimos vendiendo recursos naturales mientras compramos productos industrializados elaborados con nuestras propias riquezas.
La integración regional no es una consigna ideológica ni una nostalgia bolivariana. Es una necesidad histórica para garantizar el desarrollo de nuestros pueblos y la defensa de nuestra soberanía.
La CELAC y las elecciones detrás de las amenazas al T-MEC
Las recientes declaraciones de Donald Trump, en las que volvió a cuestionar el futuro del T-MEC e incluso sugirió que Estados Unidos podría prescindir del acuerdo comercial con México y Canadá, deberían servir como una llamada de atención para toda la región.
Durante décadas se nos dijo que el camino hacia el desarrollo consistía en integrarnos exclusivamente al mercado estadounidense. Sin embargo, cada proceso electoral en Estados Unidos demuestra que el destino económico de millones de latinoamericanos puede quedar sujeto a decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras.
Cuando un acuerdo comercial del que dependen millones de empleos puede convertirse en moneda de cambio de la política interna estadounidense, queda claro que la dependencia nunca será sinónimo de soberanía.
Por ello cobra relevancia la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Más allá de sus limitaciones, representa uno de los pocos espacios donde los países de la región pueden dialogar sin tutelas externas y construir agendas comunes en materia energética, industrial, científica y comercial.
La Patria Grande que imaginaron Simón Bolívar, José Martí y otros pensadores latinoamericanos sigue siendo una tarea pendiente, pero también una necesidad cada vez más urgente.
Soberanía para el siglo XXI
La verdadera soberanía no se limita a las fronteras ni a los discursos patrióticos. Significa garantizar soberanía alimentaria, energética, tecnológica e industrial. Significa que nuestros pueblos tengan la capacidad de decidir su destino sin depender de los intereses de potencias extranjeras o corporaciones transnacionales.
El Mundial nos recuerda una verdad sencilla: ningún equipo levanta la copa jugando solo. América Latina tampoco podrá conquistar un futuro de justicia, bienestar y dignidad mientras continúe dividida. En un mundo que avanza hacia grandes bloques regionales, la integración ya no es una opción política entre muchas otras. Es la condición necesaria para que nuestros pueblos dejen de ser espectadores y se conviertan, finalmente, en protagonistas de la historia.








