Carta a la Generación Z México. Por una indignación que sea histórica y responsable.

Por Arturo Cuitláhuac Pérez

Los grandes movimientos de la historia de México no se quedaron solo en la consigna; construyeron diagnósticos, programas, y reformas que tocaron tierra en leyes, instituciones y políticas.
Si no discutimos el modelo de seguridad, la economía del crimen, la corrupción y la desigualdad, el riesgo es que la indignación de la gente se convierta en capital político de quienes solo quieren cambiar de gobierno, no de sistema.

No quiero contarles la historia que ustedes ya debieron haber aprendido, mucho menos porque no soy historiador ni profeta, pero quisiera mencionarles algunas acciones que sí cambiaron a nuestro país, sin sólo consignas, ni modas.

En México, las grandes transformaciones nunca han surgido de la nada. No nacieron solo del enojo (por más legítimo que fuera), ni de marchas inmediatas sin claridad de rumbo. Cada movimiento que modificó la vida nacional partió del hartazgo, sí, pero avanzó porque fue capaz de convertir esa indignación en análisis, propuestas y organización. Cuando hoy observamos nuevas movilizaciones por la violencia, vale la pena mirar la historia, no para descalificar a nadie, sino para entender qué hace que un país cambie de verdad.


Lamentablemente esas luchas no fueron siempre de forma pacífica, pero hoy se propone dejar la violencia como método de cambio, y transformar la coacción social, el autoritarismo y callar las voces por no coincidir con nuestra manera de pensar, en enaltecer quienes somos sin derramar sangre, sin dañar a terceros.


Pero el sacrificio de nuestros libertadores y revolucionarios dieron frutos y se concretaron con el uso de la razón, en acciones que sí determinaron nuestro rumbo, como nuestra Independencia; donde la rabia contra la tiranía “monárquica” inició la lucha, pero lo que sostuvo el movimiento no fueron solo las campanas de Dolores. Fueron textos, congresos y definiciones ideológicas como Los Sentimientos de la Nación, donde Morelos delineó soberanía popular, abolición de la esclavitud, igualdad jurídica. El enojo se volvió programa; la protesta, institución. Sin ese paso, no habría nación.

Nuestra Reforma, donde La Revolución de Ayutla inició como rechazo al autoritarismo, los liberales no solo gritaban contra los privilegios; escribieron leyes, presentaron argumentos, organizaron un Estado laico y un país moderno. Aquí no fue solo “¡Fuera conservadores!”, hubo proyectos jurídicos, libros, debates, cuadros políticos, un trabajo intelectual muy fuerte que sostuvo el cambio.

Nuestra Revolución Mexicana, de la caída del dictador a nuevos derechos, donde el porfiriato cayó por un movimiento que primero dijo “sufragio efectivo”, pero que solo cambió al país cuando campesinos, obreros y revolucionarios pusieron sus demandas por escrito: tierra, jornada laboral, sindicatos, justicia social. El resultado fue la Constitución de 1917, la primera en el mundo en reconocer derechos sociales. La inconformidad se volvió propuesta; la propuesta, reforma. De nuevo, la lucha no se quedó solo en “Fuera Porfirio”, sino en instituciones nuevas.

El movimiento estudiantil del 68, que no solo denunció la represión, se articuló en un pliego petitorio preciso: libertad de presos políticos, desaparición del cuerpo de granaderos, fin del autoritarismo. Aunque el Estado respondió con violencia, el país despertó: surgieron nuevas generaciones críticas, nuevas discusiones y, con el tiempo, reformas democráticas. Otra vez, la protesta generó agenda.

Los hoy y actuales movimientos contra la violencia hacia la mujer reconstruyen el tejido social y el dolor, en hecho una política pública, donde el hartazgo ante los feminicidios es evidente, pero lo que ha generado avances son las propuestas claras: tipificaciones, alertas de género, protocolos, reformas penales, redes de acompañamiento. Nada improvisado: agenda, datos, estrategias. No solo “¡ni una más!”: también cómo lograrlo.

¿Y hoy? La marcha contra la violencia del 15 de noviembre. El dolor es legítimo. La indignación ante la violencia también. Nadie puede juzgar el miedo, el hartazgo ni la urgencia; mucho menos en un país donde la inseguridad se dejó crecer durante décadas por el avance del crimen organizado, la desigualdad y la complicidad histórica de gobiernos que prefirieron mirar hacia otro lado.

El riesgo no es la protesta. El riesgo es la capitalización política del dolor ajeno. Cuando actores de la derecha, figuras mediáticas o vocerías vinculadas a grupos políticos buscan dirigir la narrativa sin ofrecer soluciones, lo que aparece no es un movimiento ciudadano sino una oportunidad de propaganda. Y eso, históricamente, nunca ha resuelto la inseguridad. Solo ha usado la angustia de otros para fines propios.

El papel del Estado hoy: escuchar, actuar y no evadir. A este régimen le toca escuchar el reclamo que por años creció en silencio. Le toca enfrentar la inseguridad con la seriedad que exige un fenómeno producido por décadas de abandono, complicidades, corrupción y expansión del crimen organizado.

Y lo cierto es que, por primera vez en mucho tiempo, sí existen políticas públicas con foco en los sectores más vulnerables: becas, educación, recuperación de espacios, Guardia Nacional, coordinación con estados, fortalecimiento de fiscalías y combate a las causas estructurales. No son soluciones instantáneas (ningún país del mundo las tiene), pero sí representan un cambio de fondo.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha dejado claro que la inseguridad se enfrenta con estrategia, con ciencia, con territorio, con inteligencia y con coordinación, no con gritos o con oportunismo político. Ese trabajo debe continuar y profundizarse, pero sin permitir que quienes guardaron silencio durante los peores años de violencia ahora pretendan “encabezar” la indignación usando SOMBRERO AJENO.

Hoy más que nunca, levantar la voz es un derecho muy poderoso, y no una moda con boinas negras y estrellitas rojas, en el deseo reptiliano de pertenecer a un grupo, el de los “intelectuales” “Ciberevolucionarios totalmente Palacio”. Pero nadie debe hablar en nombre de la gente sin haber cargado con sus luchas.

La indignación es del pueblo, el futuro también. Y es ahí donde debemos decidir (con cabeza y con corazón) cómo construir el México que queremos después del 15 de noviembre.

Dedicado a mi hijo Luis Eduardo.