Atados al mástil: las tentaciones del poder

Por Arturo Cuitláhuac Pérez

Hace casi tres mil años, Homero escribió una de las escenas más profundas sobre el poder sin hablar directamente de política. Odiseo sabía que el canto de las sirenas era irresistible. No representaban únicamente el placer; representaban la tentación de abandonar el rumbo, de creer que un impulso momentáneo valía más que el destino de toda la tripulación. Lo extraordinario es que no decidió huir de ellas. Quiso escucharlas. Quiso conocerlas. Pero antes pidió que lo ataran al mástil y dio una orden todavía más importante: aunque él mismo suplicara, gritara o exigiera ser liberado, nadie debía obedecerlo. Sus hombres no debían obedecer al Odiseo seducido, sino al Odiseo consciente que había pensado en el bien común antes de llegar a la tentación.

Quizá esa sea una de las metáforas más vigentes para entender el ejercicio del poder. Ningún líder está exento de escuchar el canto de las sirenas. Cambian los nombres, pero la melodía sigue siendo la misma: la ambición personal, el culto a la personalidad, la soberbia, el dinero, los grupos de presión, la falsa popularidad, los aplausos fáciles, la obsesión por imponer una voluntad sobre la voluntad colectiva. Las sirenas no destruyen a los gobiernos por la fuerza; los convencen de perder el rumbo por decisión propia.

Por eso los grandes movimientos no pueden depender únicamente de la virtud de quienes los encabezan. Deben construir cuerdas que los sujeten cuando lleguen las tentaciones. Esas cuerdas son los principios, las instituciones, las leyes, las reformas y las decisiones que permanecen incluso cuando cambian las personas. Gobernar no consiste solamente en ejercer el poder; consiste también en limitarlo para que nadie pueda utilizarlo en contra de la sociedad cuando un día ya no estén los mismos.

Ésa es una enseñanza que hoy cobra sentido. Las políticas públicas que buscan garantizar derechos sociales, proteger a los sectores más vulnerables o establecer límites para evitar prácticas que durante décadas dañaron al Estado pueden entenderse como intentos de dejar amarrado el timón a un proyecto de largo plazo. Del mismo modo, cuando un gobierno establece restricciones para impedir que futuras administraciones comprometan irresponsablemente las finanzas públicas, está enviando un mensaje que trasciende a una sola administración: las decisiones de hoy no deben hipotecar el futuro de las siguientes generaciones.

Pero la metáfora también contiene una advertencia para cualquier movimiento político. El mayor peligro no siempre viene de afuera. Muchas veces llega desde el interior, cuando algunos confunden la causa con su propia aspiración personal. Cuando el proyecto deja de ser colectivo y se convierte en patrimonio de un grupo, el canto de las sirenas ya hizo efecto. Porque el poder por el poder termina olvidando aquello que le dio origen con le cercanía y confianza de la gente, abusando de privilegios en saqueos descontrolados.

En momentos como los que vive Michoacán, donde comienzan a definirse liderazgos y coordinaciones rumbo al 2027, la lección de Homero conserva toda su fuerza. Las mayorías existen para orientar el rumbo del barco, no para ser sustituidas por la voluntad de quienes creen tener un derecho por sí solos. Ningún movimiento pertenece a una persona, a un grupo o a una corriente, pertenece a quienes lo construyen y, sobre todo, a la ciudadanía que decide respaldarlo.

La grandeza de Odiseo no estuvo en pensar que era inmune a las tentaciones. Estuvo en reconocer que podía sucumbir a ellas y, aun así, construir las condiciones para que nadie desviara el barco de su destino. Tal vez ésa sea la mayor responsabilidad de cualquier proyecto político que aspire a trascender: dejar instituciones más fuertes que sus dirigentes, principios más sólidos que las ambiciones personales y una ruta tan clara que, aun cuando vuelvan a escucharse las sirenas del poder, exista siempre una tripulación dispuesta a recordar el pacto original y mantener firme el timón.

Porque los movimientos no se pierden cuando aparecen las sirenas. Se pierden cuando alguien corta las cuerdas que los mantenían fieles a su propósito, cuando la adulación convence los débiles oídos de “líderes” ambiciosos del poder y sus privilegios.