8M en México: desmontar los mitos para entender el feminismo hoy

Por: Ana Yuritzi Ruiz Ramírez

Cada 8 de marzo el espacio público en México se transforma. Miles de mujeres marchan, pintan consignas, levantan fotografías y exigen justicia. Las calles se convierten en archivo de memorias y también en escenario de disputa simbólica. Sin embargo, junto con la movilización resurgen los mismos cuestionamientos: ¿el feminismo ya no es necesario?, ¿es una ideología contra los hombres?, ¿exagera la violencia? Desmontar estos mitos no es un ejercicio retórico; es una condición para comprender por qué el 8M sigue siendo una fecha política urgente.

El Día Internacional de la Mujer no nació como un festejo ni como una campaña comercial. Tiene su origen en las luchas laborales y civiles de mujeres trabajadoras a inicios del siglo XX y fue reconocido oficialmente por la Organización de las Naciones Unidas en 1975. En México, el 8M se ha convertido en una de las movilizaciones sociales más significativas de la última década. No se trata de flores ni felicitaciones: se trata de derechos, de memoria y de exigencias pendientes.

Uno de los argumentos más repetidos sostiene que “ya existe igualdad”. Es cierto que la legislación mexicana reconoce igualdad formal entre mujeres y hombres, pero la igualdad jurídica no siempre se traduce en igualdad sustantiva. El Índice Global de Brecha de Género 2025 ubica a México con una puntuación cercana a 0.78 sobre 1, lo que indica avances, pero también una distancia considerable respecto a la paridad plena. La brecha es particularmente visible en participación económica y acceso a oportunidades laborales. En la práctica, las mujeres participan menos en el mercado laboral formal, enfrentan diferencias salariales persistentes y continúan asumiendo mayoritariamente el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado.

Simone de Beauvoir escribió en El segundo sexo que “no se nace mujer: se llega a serlo”. Con esa frase sintetizó una idea fundamental: la desigualdad no es biológica, sino producto de estructuras históricas que asignan roles, jerarquías y límites. Las estadísticas actuales no son anomalías aisladas; son la expresión contemporánea de esas estructuras.

Otro mito frecuente afirma que el feminismo es lo contrario del machismo. Sin embargo, el machismo sostiene jerarquías y naturaliza la dominación; el feminismo cuestiona precisamente esas jerarquías. Judith Butler, en El género en disputa, explica que el género no es un destino natural, sino una construcción social sostenida por normas repetidas que parecen inevitables. Desde esta perspectiva, el feminismo no propone invertir la dominación para que las mujeres ocupen el lugar de privilegio, sino desmontar el sistema que produce desigualdad. Reducirlo a “odio hacia los hombres” simplifica un debate que en realidad apunta a transformar estructuras económicas, culturales y simbólicas.

También se escucha que la violencia está exagerada. Sin embargo, la violencia contra las mujeres en México continúa siendo una crisis estructural. En 2025 se registran en promedio casi dos feminicidios diarios, y solo una parte de las muertes violentas de mujeres se investiga bajo protocolos de feminicidio, lo que implica subregistro y obstáculos para el acceso a la justicia. No se trata de una percepción amplificada por redes sociales: es una realidad estadística y sistemática que afecta la seguridad y la vida cotidiana de millones de mujeres.

Frente a ello, otro prejuicio sostiene que el feminismo solo reclama. Pero el feminismo no se limita a denunciar; también propone transformaciones concretas. Silvia Federici ha señalado que el trabajo doméstico y reproductivo —históricamente invisibilizado y no remunerado— sostiene la economía global. Desde esta perspectiva, hablar de redistribución del cuidado no es un capricho ideológico, sino una condición para la justicia económica. Las agendas feministas contemporáneas incluyen igualdad salarial, sistemas públicos de cuidados, educación con perspectiva de género y políticas integrales para erradicar la violencia.

¿Por qué entonces incomoda el 8M? Porque cuestiona privilegios normalizados. Porque interpela prácticas cotidianas que durante décadas se consideraron “naturales”. Porque evidencia que la igualdad legal no equivale a igualdad real. El feminismo no es una moda generacional ni un bloque homogéneo de ideas; es un campo de pensamiento político que, desde hace más de dos siglos, analiza cómo se distribuye el poder y quién queda excluido de él.

El 8M no es un día contra alguien. Es un recordatorio de que la igualdad requiere voluntad política, transformación cultural y responsabilidad colectiva. Desmontar mitos no divide: informa. Y en contextos donde la desinformación simplifica debates complejos, la información rigurosa es el primer paso para transformar.

El 8M no es un espectáculo incómodo que deba tolerarse una vez al año, ni una fecha simbólica para discursos institucionales vacíos. Es un termómetro democrático. Una sociedad que se incomoda ante mujeres organizadas debería preguntarse qué privilegios teme perder. Mientras existan brechas salariales, violencia estructural y desigualdades normalizadas, el feminismo no será excesivo: será necesario. Y si las marchas incomodan, quizá no sea por su radicalidad, sino porque evidencian que la igualdad prometida aún no es una realidad cumplida.