Por Arturo Cuitláhuac Pérez
Durante los años noventa, México vivía bajo un monopolio de la información. Cambiábamos de canal creyendo que elegíamos otra versión de la realidad, cuando en realidad eran los mismos grupos mediáticos quienes decidían de qué hablaría todo un país. Mientras México enfrentaba la crisis económica de 1994-1995, el levantamiento zapatista, asesinatos políticos, reformas estructurales y una profunda transformación del Estado, la conversación pública podía concentrarse durante semanas en fenómenos como el “chupacabras”. Más allá de las teorías, aquel episodio evidenció el enorme poder que tenían los medios para fijar la agenda nacional.
Treinta años después pareciera que vivimos el extremo opuesto. Hoy existen miles de medios digitales, redes sociales, plataformas y creadores de contenido. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información. Sin embargo, el problema no desapareció. Pasamos del monopolio de la televisión al monopolio del algoritmo.
Hoy ya no es un conductor de noticias quien decide lo que veremos esta noche. Son millones de algoritmos que analizan cada búsqueda, cada “me gusta”, cada comentario y cada segundo que permanecemos frente a una publicación. No nos muestran necesariamente lo más importante ni lo más verdadero; nos muestran aquello que tiene mayores posibilidades de mantener nuestra atención.
Es ahí donde, desde mi perspectiva, aparece uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo: el conservadurismo ya no sólo conserva ideas; también conserva su propia realidad.
Por definición, el conservadurismo busca preservar un determinado orden de las cosas. En el entorno digital esa lógica encuentra un aliado perfecto. El algoritmo aprende qué contenidos confirman esa visión del mundo y comienza a ofrecer cada vez más publicaciones similares. Poco a poco se construye un círculo donde las mismas narrativas se repiten una y otra vez hasta parecer verdades absolutas. No porque necesariamente lo sean, sino porque casi no existe contacto con información distinta.
Las redes sociales dejaron de ser únicamente un espacio para comunicarnos. Se convirtieron en ecosistemas de información personalizados. Cada usuario vive dentro de una burbuja diferente. Cuando una comunidad política consume únicamente aquello que confirma sus creencias, deja de contrastar información y termina confundiendo la repetición con la evidencia. El algoritmo no sólo muestra contenido: termina reforzando certezas hasta convertirlas en una realidad paralela.
Y si a ese fenómeno se suma un desafío todavía mayor: la inteligencia artificial. Hoy ya no hace falta un estudio de televisión para fabricar una mentira. Cualquier persona puede generar imágenes, audios o videos falsos con una calidad impresionante. Una noticia manipulada puede recorrer el país en cuestión de minutos y ser compartida miles de veces antes de que alguien tenga oportunidad de verificarla. La tecnología democratizó la creación de contenido, pero también democratizó la fabricación de la desinformación.
En ese contexto surge el debate que recientemente abrió la presidenta Claudia Sheinbaum al plantear la necesidad de discutir la responsabilidad de las plataformas digitales frente a la desinformación y al uso de inteligencia artificial para fabricar contenidos falsos. Sus declaraciones provocaron una intensa polémica porque diversos sectores interpretaron cualquier posibilidad de regulación como un intento de censura, mientras otros sostienen que el verdadero reto consiste en encontrar un equilibrio entre la libertad de expresión y la responsabilidad de quienes difunden información que puede manipular deliberadamente a la sociedad.
Aquí conviene hacer una distinción fundamental. Regular y censurar no son sinónimos. Censurar significa impedir que una idea pueda expresarse. Regular implica establecer reglas, responsabilidades y mecanismos de rendición de cuentas para quienes participan en el espacio público. En un Estado democrático, la libertad de expresión es un derecho; la difusión deliberada de información falsa para manipular a la sociedad no debería convertirse en un privilegio protegido por esa misma libertad.
Por eso considero que ese debate ha sido simplificado de manera irresponsable por algunos sectores. Se ha querido instalar la idea de que cualquier discusión sobre responsabilidades en internet significa censura.
La propia legislación mexicana reconoce desde hace años el derecho de réplica y los derechos de las audiencias. Si un medio informa, también debe asumir la responsabilidad de demostrar lo que afirma o rectificar cuando difunde información falsa. Eso no limita la libertad de expresión; fortalece el derecho de la sociedad a recibir información veraz y a exigir responsabilidad cuando se le engaña.
Paradójicamente, quienes durante décadas defendieron monopolios informativos hoy presentan cualquier intento de debatir la responsabilidad de las plataformas digitales como si fuera un ataque a la democracia. Se habla mucho de libertad para publicar, pero muy poco de la responsabilidad de verificar.
El mayor riesgo de nuestro tiempo ya no es que existan pocos medios de comunicación. El mayor riesgo es creer que estamos plenamente informados cuando, en realidad, sólo estamos consumiendo aquello que un algoritmo decidió que queríamos ver. En otras palabras, el algoritmo ya no sólo interpreta nuestros intereses: termina proponiéndonos una realidad hecha a la medida de nuestras emociones, nuestros prejuicios y nuestras convicciones.
Antes cambiábamos de canal y encontrábamos la misma noticia. Hoy cambiamos de aplicación y encontramos la misma narrativa, adaptada exactamente a nuestras emociones, nuestros prejuicios y nuestras creencias.
La verdadera discusión no es si debe existir libertad de expresión; esa ya está garantizada. La discusión es si permitiremos que los algoritmos, la desinformación y la inteligencia artificial conviertan la mentira en un modelo de negocio y en una herramienta de manipulación política. Porque una democracia no se debilita cuando se exige responsabilidad sobre lo que se publica; se debilita cuando la sociedad deja de distinguir entre la evidencia y la propaganda.
Antes unos cuantos decidían qué información veíamos. Hoy creemos decidir nosotros, cuando en realidad un algoritmo ya decidió qué realidad veremos.








